Ubicados a 8.600 kilómetros de distancia, el Estado de Iowa –en el medio oeste de Estados Unidos– y la provincia de Córdoba comparten un marcado perfil productivo: en sus respectivos países, son los principales productores de maíz.
La provincia argentina es incluso más extensa que el Estado estadounidense: tiene unos 165.321 kilómetros cuadrados (aunque buena parte de esa superficie es montañosa y, por ende, no es suelo agrícola), frente a los 145.745 kilómetros cuadrados de Iowa. Sin embargo, cuando la comparación pasa del territorio a la producción agrícola, la diferencia se vuelve contundente.
Córdoba sembró en la última campaña alrededor de 2,9 millones de hectáreas de maíz y obtuvo una producción cercana a 20 millones de toneladas, con un rendimiento promedio de unas ocho toneladas por hectárea.
Iowa, en cambio, destina cada año entre 5,2 y 5,5 millones de hectáreas al cereal y puede alcanzar una producción de más de 70 millones de toneladas, con rendimientos promedio por hectárea superiores a las 14 toneladas.
Es decir, sobre una superficie territorial menor, Iowa produce más del triple de maíz que Córdoba y una cantidad superior equivalente a toda la cosecha argentina. Esta magnitud hace que lo consideren como la capital mundial del maíz.
La diferencia se explica, en buena medida, por las condiciones naturales. Iowa está ubicado en el corazón del Corn Belt, con suelos profundos, ricos en materia orgánica y lluvias estivales que favorecen el desarrollo del cultivo. A eso se suma una larga temporada agrícola y una combinación de híbridos adaptados específicamente a esas condiciones.
Pero reducir el fenómeno a una cuestión de suelo y clima sería insuficiente. Iowa construyó alrededor del maíz una estructura productiva que trasciende al grano.