Alos 41 años, la vida de Cristian Klingbeil, productor misionero y referente del sector tealero y yerbatero, dio un giro rotundo. Después de dos décadas dedicadas a la cosecha de yerba mate y té, decidió abandonar una chacra que alquilaba desde hace mucho tiempo. La decisión, difícil y dolorosa, refleja la crítica situación de las economías regionales. Fue la combinación de precios bajos, endeudamiento creciente y falta de apoyo estatal, según dijo, lo que terminó por precipitar el desenlace.
“Comencé a ver que estábamos entrando en un callejón sin salida. Era imposible seguir trabajando de esta manera. Lo que más duele es no poder seguir trabajando en lo que me gusta, después de haberla peleado tanto”, contó a LA NACION.
Klingbeil nació en una familia de inmigrantes ligados desde siempre a la producción de yerba y té. “Me crie prácticamente en la chacra de mi abuelo, con mis tíos, siempre trabajando en estas dos actividades, algo de forestación y algo de ganadería, pero a menor escala”, recordó. Fue así que, desde chico, aprendió a manejar tractores, cosechadoras de té y camiones y, apenas pudo, se dedicó de lleno al trabajo rural, pese a ser técnico electromecánico.
Conocer el estado de los cultivos y de las semillas es clave para optimizar la producción, pero suele demandar ensayos prolongados y costosos.
Para resolver este desafío, investigadores de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) y del CONICET crearon un dispositivo basado en tecnología láser que genera información al instante sobre humedad, vigor, fertilidad y estado hídrico.
“Desarrollamos un dispositivo que nos permite conocer en pocos segundos decenas de parámetros, incluyendo el estado hídrico y nutricional de los cultivos o la viabilidad en las semillas”, explicó Andrés Dolinko, investigador del CONICET y docente de la FAUBA.
El profesional destacó que esta herramienta emite un haz de láser sobre el tejido vegetal y luego un sensor captura una especie de ‘holograma biológico’ que “brinda una gran cantidad de información”.
“Ya logramos generar resultados útiles tanto para productores extensivos y orgánicos, como para semilleras y cerveceras”, explicó Andrés Dolinko.
Cuando Jorge Oscar Martínez decidió instalar su tambo, no sabía que el mayor cambio no iba a venir del campo, ni de las vacas, ni del clima. El cambio más profundo fue aceptar que sus hijos tenían razón.
Veterinario, hombre de campo, padre de cinco. Durante años vivió en Buenos Aires hasta que decidió volver a su tierra neuquina y, ya de grande, empezar algo nuevo. O algo viejo, pero propio. “Mi vieja hacía quesos, vivíamos en el campo. Le tenía cariño a eso”, dice. Así nació Altos del Aluminé, una quesería artesanal ubicada en el Potrero de los Toros, sobre tierras concesionadas por la Corporación Pulmarí, cerca del río que da nombre al emprendimiento. Lo que había era poco: piedra, arena, monte seco. Lo que hay hoy es otra cosa.
De lejos se escucha el mugido de las vacas perdidas entre los matorrales. El paisaje alrededor es abrasador. El viento no da tregua. Jorge aparece desde el fondo del cuadro, con su boina característica y una vitalidad que vehiculiza el ADN emprendedor patagónico. Apenas arranca a hablar, reconoce, sin filtro: “Si no fuera por mis hijos, seguiría haciendo cagadas”. Lo dice con esa mezcla de orgullo y resignación que solo aparece cuando uno se deja enseñar. “Yo tenía otra mirada, típica de la formación de antes. Con los años me apuraba a producir. Ellos me frenaron. Me hicieron pensar en lo que estaba haciendo mal. Gracias a eso duplicamos la producción de pasto”.