Por Ignacio Iriarte.
En los últimos meses Estados Unidos se ha convertido -en términos de valor- en el primer importador mundial de carne vacuna, desplazando a China, con compras que superan los U$S 1.600 millones mensuales.
“¿No era que éramos los más grandes productores mundiales de carne vacuna?”, se preguntan los ganaderos norteamericanos, asombrados por el volumen que está alcanzando la importación de carne, que duplica en el 2026 el registro de 10 años atrás.
En EE.UU., el 45-50% de la carne vacuna que se consume es bajo la forma de picada, y el precio de este producto (el “ground beef”) es un indicador social cada vez más relevante.
De cara a las elecciones de noviembre próximo, el gobierno de Trump ha detectado, entre otros, dos puntos de malhumor social: el primero el alto precio de los combustibles (guerra de Irán) y el segundo el precio de la carne picada, que en los últimos años ha subido más que los otros cortes vacunos y que la inflación.
La picada es relativamente barata, versátil, tiene múltiples usos y es el caballito de batalla de la cadena de la carne vacuna en la competencia con el cerdo, el pollo y el pavo.
Trump, intentando interpretar ese malhumor social, a principios de año abrió una cuota adicional de importación de 80 mil toneladas anuales de “carne magra” para Argentina, cuyo efecto económico es irrelevante, pero que provocó en su momento la airada resistencia de los ganaderos estadounidenses, en su mayoría votantes del actual presidente.