Un problema ambiental que terminó siendo una oportunidad
La historia comenzó entre 2014 y 2015, cuando Cotagro avanzó con la construcción de su granja porcina.
El establecimiento nació con mil madres y fue creciendo hasta convertirse en una unidad altamente tecnificada.
Actualmente, produce más de seis millones de kilos de carne de cerdo por año, con un plantel de 1.500 cerdas madres.
Ese crecimiento también multiplicó el volumen de efluentes. Las tradicionales lagunas de estabilización, que inicialmente alcanzaban para el tratamiento, comenzaron a quedar chicas.
“Vimos que íbamos a tener que trabajar los efluentes de otra forma”, recuerda Bossio. La solución llegó de la mano del programa nacional RenovAr 2.
Cotagro decidió asociarse con la Cooperativa de Provisión de Electricidad y Servicios Públicos General (Copeps) y con la firma Cleanenergy Renovables para crear 3C Biogás.
La diferencia respecto de otros emprendimientos similares fue una decisión estratégica: en lugar de alimentar al biodigestor con cultivos energéticos, como maíz picado, el proyecto utilizaría exclusivamente residuos orgánicos provenientes de la producción animal y de industrias agroalimentarias.
Un biodigestor que abastece a 2.500 hogares
El corazón de la planta es un biodigestor con una capacidad instalada de un megavatio, equivalente a una generación cercana a 24 megavatios hora diarios cuando trabaja a plena capacidad.
A partir de un contrato con la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico (Cammesa), la electricidad producida se inyecta al sistema eléctrico nacional.
Según Bossio, esa energía alcanza para abastecer entre 2.300 y 2.500 viviendas de consumo promedio.
Pero el aprovechamiento no termina allí. El digestato –material orgánico que queda luego del proceso biológico– se utiliza como fertilizante para unas 400 hectáreas ubicadas alrededor de la planta, reduciendo la necesidad de fertilizantes químicos y cerrando el circuito de reutilización de nutrientes.
La puesta en marcha coincidió con uno de los momentos más complejos de los últimos años. La pandemia retrasó la estabilización del biodigestor y complicó la llegada de técnicos especializados.
A ello se sumaron inconvenientes con los motores Siemens importados que equipaban la planta.
La falta de repuestos y de asistencia obligó a alquilar equipos de generación a la empresa Seco para mantener la producción.
El escenario financiero tampoco ayudó.
El emprendimiento fue solventado con créditos en dólares que inicialmente tenían tasas competitivas, pero que luego llegaron a rondar el 9% anual.
Las sucesivas devaluaciones, especialmente la ocurrida tras el cambio de gobierno a fines de 2023, incrementaron significativamente el peso de la deuda sobre el flujo de recursos.
A pesar de ese contexto, Bossio asegura que el proyecto logró alcanzar un equilibrio operativo.
“Si mantenemos una producción estable, tenemos una pequeña rentabilidad y podemos afrontar el crédito”, explica.
La expectativa es que, una vez cancelado el financiamiento, hacia fines de 2027, la rentabilidad mejore de manera considerable.
Una planta alimentada por toda la región
Uno de los aspectos que distingue a 3C Biogás es que ya dejó de depender únicamente de la producción porcina.
En la actualidad, recibe residuos orgánicos que provienen de más de 120 empresas, entre ellas, industrias maniceras, frigoríficos y otras firmas agroalimentarias. Hasta el momento, la planta procesó cerca de 200 mil toneladas de efluentes.
Estas empresas se convirtieron en proveedoras estratégicas de biomasa.
El sistema exige que los residuos sean completamente orgánicos y lleguen sin contaminantes que puedan afectar el funcionamiento biológico del biodigestor.
En los primeros años, para incentivar la incorporación de nuevos proveedores, 3C Biogás incluso absorbía parte de los costos de transporte.
Hoy esa ecuación evolucionó hacia una neutralidad de costos y el objetivo es replicar modelos internacionales, como los de Chile o de Europa, donde las industrias pagan por el tratamiento ambiental de sus residuos.
Con la planta estabilizada, la empresa decidió abrir una nueva unidad de negocios.
Tras un proceso de certificación realizado junto a Estándar CBA (iniciativa de la Secretaría de Transición Energética de la Provincia de Córdoba) y bajo normas Iram, 3C Biogás logró validar la reducción de emisiones generadas por su actividad.
Como resultado, la empresa cuenta actualmente con 29 mil bonos de carbono certificados, equivalentes a igual cantidad de toneladas de dióxido de carbono que dejaron de emitirse a la atmósfera.
Además, proyecta incorporar alrededor de 14 mil nuevos bonos por año.
Los certificados ya fueron incorporados a la plataforma Meva –el mercado digital de la Bolsa de Cereales de Córdoba– para su comercialización en el mercado interno.
Las primeras operaciones tomaron como referencia un valor cercano a U$S 4,20 por bono, abriendo una fuente adicional de ingresos para el proyecto.
Bossio considera que el mercado ambiental dejó de ser un concepto teórico.
Las primeras compensaciones de huella de carbono realizadas durante eventos deportivos y actividades institucionales muestran que la demanda comienza a consolidarse también en la Argentina.
Un modelo que mira al futuro
El éxito de la iniciativa se apoya también en la eficiencia alcanzada por la propia granja porcina.
Recientemente, fue distinguida por Agriness (una plataforma de gestión para la producción porcina) como el establecimiento con mayor evolución productiva de Sudamérica, reconocimiento que alcanzó a los 46 productores que impulsaron originalmente el proyecto junto con la cooperativa.
Ahora el desafío pasa por consolidar el crecimiento. El contrato vigente con Cammesa limita la generación a un megavatio, por lo que la estrategia apunta a mejorar la eficiencia del sistema.
Para Bossio, ampliar gradualmente el criadero permitiría aprovechar mejor los propios efluentes y reducir el traslado de residuos desde mayores distancias.
Menos costos logísticos, mayor eficiencia energética y un mercado de bonos de carbono en expansión conforman la hoja de ruta elegida por Cotagro.
Para las empresas locales que buscan mitigar su huella de carbono, estos bonos representan una oportunidad tangible.
Durante eventos recientes, como partidos de Los Pumas o inauguraciones oficiales, se realizaron pruebas piloto de compensación de huella a través de estos certificados, demostrando que el mercado ambiental ya no es “algo abstracto”, sino una realidad comercial.
Agrovoz – La Voz del Interior – Alejandro Rollán


