En el caso de la planta de LDC, un especialista del negocio recordaba que desde la década de los años noventa no se construía una fábrica de girasol en la zona de Bahía Blanca, determinante para la producción agrícola del sudeste bonaerense. El proyecto, recordó, permitirá ampliar la oferta de compradores de girasol, un mercado que a menudo ha sido criticado por los operadores por ofrecer poca transparencia en la fijación de precios. Otra de las ventajas es que la planta servirá para la molienda de soja y de cultivos de invierno que vienen ganando superficie por su destino como biocombustible, como la colza, la camelina y la carinata.
“Esto va a permitir bajar los costos de molienda”, explicó el especialista, quien remarcó que también contribuirá a que se exporte más aceite y menos semilla que para el complejo oleaginoso representa un menor grado de elaboración y un mayor costo logístico en flete. “Habrá una mejora en el precio para el productor al exportar más aceite”, añadió.
En rigor, los ejecutivos de LDC tenían el proyecto de construir esta planta desde hacía varios años. “La mejora de las condiciones macroeconómicas contribuyó a tomar la decisión”, dijo una fuente de la industria.
En definitiva, el agro demuestra que puede poner en marcha rápidamente un círculo virtuoso de inversiones y récords productivos cuando las condiciones mejoran. Esto está asentado en una base de desarrollo tecnológico cada vez más amplia con cultivos que desafían los techos de rendimiento. Y este crecimiento se logra pese a que todavía persisten los DEX para el girasol, aunque entraron en el cronograma de rebajas, y se mantienen elevados para la soja, lo que distorsiona todo el sistema agrícola.
A diferencia de lo que ocurre con otros sectores de la economía, como la minería o la energía, la cadena girasolera demuestra que es capaz de impulsar inversiones de gran magnitud sin los beneficios de un régimen impositivo especial. La expansión podría ser mucho mayor si se superaran cuellos de botella como el logístico con mejores rutas y el desarrollo de otros medios de transporte, como el ferroviario.
“A la Argentina no le queda otra que ser optimista con la agroindustria”, explicaba en estos días alguien familiarizado con las negociaciones del comercio exterior en referencia a la creciente demanda internacional de alimentos. “Será cuestión de que no arruinen ese escenario”, decía. Y tenía razón.
Campo – La Nación – Cristian Mira


