En ese contexto, cobraron relevancia las palabras del presidente de la Asociación Argentina de Girasol (Asagir), Martín Salas Oyarzun, quien en el congreso de la entidad realizado esta semana en Mar del Plata volvió a enumerar la larga lista de impuestos que erosionan la competitividad: retenciones, impuesto inflacionario, Ingresos Brutos, sellos y hasta tasas municipales, como quedó expuesto recientemente con la polémica tasa vial en varios distritos. No es un reclamo nuevo, pero sí llega con datos concretos que muestran lo que sucede cuando alguna condición mejora.
El girasol es el mejor ejemplo. Con una presión relativa menor frente a otros cultivos y una recomposición gradual de reglas, la producción casi se duplicó respecto de la campaña 2021/22 y esta cosecha rondaría los siete millones de toneladas. No hubo magia: hubo medidas. Y el productor respondió.
El problema es que esos casos virtuosos conviven con un frente productivo en el que el clima exhibe su factor de riesgo habitual. La Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) advirtió que las lluvias persistentes en la región núcleo están frenando la cosecha de soja y agravando los problemas de calidad. Según reportó la Guía Estratégica para el Agro (GEA) de la BCR, en los últimos siete días, el avance fue de apenas 23 puntos porcentuales y alcanzó el 25% del área, cuando el promedio histórico para esta fecha rondó el 55%.
El combo es preocupante: menor radiación, alta humedad, suelos saturados y rocío nocturno que impiden el secado. Según explican los técnicos, cada día perdido no solo retrasa la cosecha, sino que expone al cultivo de soja al deterioro. Según el GEA, el norte y noreste de la región núcleo aparecen como las zonas más vulnerables.
Más allá de la zona núcleo, en el centro-oeste bonaerense los registros de lluvias fueron extremos: 360 milímetros en apenas 15 días en 9 de Julio; hasta 100 milímetros en zonas de Bolívar, Guaminí y Pirovano; cerca de 90 milímetros en América. Esta región repite el drama de 2025 con el exceso de lluvias. No hay estructura productiva que resista sin costos un golpe de esa magnitud. El anegamiento de los caminos rurales es la cara más negativa del impacto de las precipitaciones y la desidia estatal por resolver los problemas de infraestructura.
Así, mientras el debate macro se proyecta al largo plazo, el productor enfrenta decisiones urgentes, rindes en riesgo y descuentos comerciales que pueden impactar hoy en sus cuentas. Porque, además, se tiene en cuenta el mediano plazo que, por cierto, no parece favorable. La suba de los precios de los fertilizantes y los combustibles, derivada de la tensión en Medio Oriente, amenaza los márgenes esperados de los cultivos en este ciclo agrícola y el próximo.
El campo no espera milagros. Pide señales creíbles y tiempos razonables.
Campo – La Nación – Cristian Mira


