No todo es color de rosa
Las primeras pruebas las realizó con los injertos que había en ese momento, en una parcela de cuatro hectáreas, pero le erró en la variedad elegida y admite que fue bastante poco exitosa. “Hoy -afirma- la tengo casi como un monte de recuerdos, más que productivo. La realidad es que cambia mucho de la teoría a la puesta en práctica: desde la disponibilidad de material genético en los viveros, la ejecución práctica de la plantación, la elección de sistema de producción y el tipo de mecanización”.
Roncoroni cuenta que con el almendro al cuarto año tenés alguna cosecha y en el séptimo llegás al pico de producción. Además, arrancó con máquinas adaptadas de afuera, por no encontrar nacionales, lo que conllevó mucho tiempo. Recién ahora pudieron importar maquinaria. En ese sentido, sugiere aprovechar el desarrollo de la industria metalmecánica española o norteamericana.
Define a la almendra como “rústica” y dice que responde muy bien en las condiciones apropiadas, como el sudoeste bonaerense, pegado al Atlántico, donde el clima y el suelo arenoso son ideales. “Es casi una pequeña cuenca mediterránea”, apunta Federico, si bien precisa que allí la espada de Damocles del almendro son las heladas tardías, que perjudican al cultivo, por más que se elijan variedades de floración tardías. “Muy pocas zonas en el mundo -indica- están libres de ellas, si no sería el cultivo perfecto”. Pero los sitios cercanos al mar actúan amortiguando ese fenómeno climático tan adverso.
Profeta en su tierra
En este momento Federico tiene plantadas 48 hectáreas, de las cuales aún hay un bloque de 16 que no entró en producción; con años buenos, otros regulares y algunos malos. “Todavía tenemos mucha mejora agronómica por realizar, no llegamos a los potenciales de rendimiento que marca la literatura. Nos queda bastante por aprender para consolidar el cultivo”, reconoce el agrónomo.
El 2025 no fue un buen año de producción, pero el almendro tiene una gran ventaja: estructuralmente la oferta y la demanda están desbalanceadas y se cotiza en dólares. “En realidad, Argentina -explica el experto- es un importador neto, si bien tenemos hectáreas productivas a nivel nacional”. Entonces, ¿por qué no se produce más? Para Roncoroni tiene que ver con el miedo que implica salir de la zona de confort: “No es fácil, requiere tomar riesgo, tener espíritu innovador”.
De todos modos, al demostrar que el fruto funciona, dejaron de verlo como el loco que probó y hasta lo buscan como consultor, aunque, en ese aspecto, tiene sus reparos: “La extrapolación a otro campo siempre corre riesgos y cuando te toca ajustar a la zonificación real te encontrás que a veces no resulta como la literatura lo dice. Ese aprendizaje - advierte - lleva mucho tiempo y bastante plata. Descubrir que le erraste a una variedad implica 4 o 5 años. No es como un cultivo agrícola que a los 6 meses tenés la revancha. No es para impacientes. Hay que saber elegir las dos o tres variedades que para esa zona tienen potencial y se complementan. Es casi artesanal”.
Pequeños grandes pasos
Lo que viene será volcarse al olivo, para el que también están en una zona excepcional. “Con un sistema de súper alta densidad, en seto, al tercer año –cuenta Federico- ya tenés alguna cosecha comercial. Su potencialidad está probada con plantaciones que funcionan con mucho éxito. Si bien tiene márgenes económicos más bajos, desde el punto de vista climático es más estable. Además, muchas maquinarias se comparten. La idea es complementar los dos cultivos y diversificarnos”.
Respecto a la venta, hoy la concretan a través de distribuidores, aunque la idea es avanzar con el procesado, así como en los subproductos, donde creen que hay mucho margen económico por captar y por recorrer. Sin embargo, aclara que “será otra parte del negocio más vinculada a generación de marca. Por el momento, estábamos focalizados en resolver temas productivos”.
Además, en lo inminente, este año esperan “zafar de la helada de septiembre” y seguir creciendo de manera prolija y permanente en superficie y en tecnología, tratando de incorporar maquinaria y ajustar los sistemas.
“Estoy convencido -resume- de que la zona va a crecer, mucho más en olivo que en almendro, aunque no creo que se llegue a masificar, porque las heladas tardías marcan un riesgo importante”. En ese punto, recalca que “si bien hay gente que te llama con entusiasmo, (como ocurre también con el pistacho), hay que ver dónde tiene posibilidades de prosperar. Hay que ser cuidadoso con la deslocalización de los cultivos, con estudios pormenorizados, entrar con pequeñas superficies, probarlo y, después, dar el salto a nivel comercial. A veces, hay que pinchar la burbuja a tiempo. También como asesor hay que decirle a la gente cuando algo no va a funcionar”.
Rural – Clarín – Magalí Sztejn


