Uno de los grandes cambios de los últimos años fue el salto desde los transgénicos clásicos hacia la edición génica, en especial con herramientas como Crispr, que combina una enzima que actúa como tijera molecular y una guía de ARN, que indica exactamente dónde cortar la cadena de ADN.
“La diferencia clave es que en la edición génica no se puede saltar la barrera interespecífica”, explicó Chan.
“Los transgénicos permiten tomar un gen de una bacteria y ponerlo en una planta. En la edición génica, lo que se hace es modificar un gen que ya existe”.
Esa diferencia técnica tuvo consecuencias regulatorias y sociales. “Si el cambio (dentro del laboratorio) podría haber ocurrido (igualmente) en la naturaleza, no se considera transgénico. Eso hizo que la edición génica sea más aceptada por la opinión pública”, agregó.
Aunque esa innovación ya permitió avances concretos —como cultivos que no se oxidan—, Chan advierte que no todo es inmediato.
“Cuando hablamos de tolerancia a sequía, calor o frío, es más difícil lograr resultados solo con edición génica. El hecho de no poder saltar la barrera interespecífica limita, aunque no quiere decir que no vaya a pasar”, sostuvo.
Para Becco, ese límite técnico hace de la biotecnología un universo complejo: “No estamos frente a una tecnología puntual, sino frente a una vertical que va a atravesar semillas, insumos, procesos y modelos productivos”.
Bioinsumos: de alternativa a eje del manejo
Uno de los impactos más visibles es el crecimiento de los insumos biológicos: biofertilizantes, biocontroladores, bioestimulantes, biofungicidas y bioherbicidas.
“Ya existen versiones biológicas de muchos productos tradicionales”, indicó Chan. Sin embargo, introduce una distinción clave: “No es lo mismo un cultivo intensivo que uno extensivo. Un campo de 100 hectáreas requiere otra escala y otro tipo de solución”.
Becco propone el término ‘vertical’ y correr el foco de la etiqueta, para que, “más que hablar de productos, hay que pensar en plataformas biotecnológicas que pueden integrarse a insumos existentes o generar otros completamente nuevos”.
Un ejemplo es la reciente alianza entre Novonesis y SpeedAgro, que derivó en el desarrollo de un bioestimulante formulado a partir de tecnología LCO y la plataforma Nexora, luego de una década de investigación conjunta, con buenos resultados en tolerancia al estrés en cultivos extensivos.
Lo cierto es que la biotecnología moderna no avanza sola. Se potencia con big data, drones, sensores e inteligencia artificial.
“Con datos acumulados de satélites y drones se puede saber dónde aplicar fertilizante, dónde sobra agua y dónde no conviene gastar insumos. Eso permite ahorrar recursos y mejorar eficiencia”, explicó Chan.
Becco destaca una frontera aún más disruptiva: “Hoy ya se combinan biotecnología e inteligencia artificial para diseñar proteínas o moléculas en una computadora. Es una frontera completamente nueva”.
El mapa global: una carrera estratégica
A nivel internacional, la biotecnología se volvió un terreno de competencia geopolítica. Ambos profesionales coinciden en que China y Estados Unidos son los líderes.
El informe del Senado estadounidense refuerza esa mirada: estima que para 2030 la mayoría de las personas del planeta habrá consumido, usado o vestido algún producto de la biotecnología emergente.
Incluso, su proyección llega a 2050, cuando prevé que “podremos recolectar minerales raros de la Luna y Marte mediante misiones robóticas para la biominería espacial”.
El reporte, que pretende delinear acciones para que Estados Unidos no se quede atrás en la carrera con China, señala que “el gobierno estadounidense debería destinar un mínimo de U$S 15.000 millones durante los próximos cinco años para impulsar la inversión de capital privado en el sector biotecnológico” de ese país.
En ese contexto, Argentina aparece mejor posicionada de lo que suele percibirse. Según el Censo Nacional de Empresas de Bio y Nanotecnología, el país cuenta con 340 compañías biotecnológicas, lo que lo ubica entre los 10 países con mayor cantidad de firmas del sector a nivel mundial.
De ese total, 77 empresas están vinculadas directamente a la biotecnología agropecuaria, en un ecosistema que genera más de 20 mil empleos, ventas superiores a U$S 1.400 millones y un perfil intensivo en conocimiento: más del 27 % del personal tiene título universitario, con una fuerte participación femenina en equipos emprendedores.
Sin embargo, Chan introduce una alerta: “Argentina tiene científicos de primer nivel, pero hace dos años estamos desfinanciados. El sector privado no invierte en investigación y las multinacionales solo testean acá lo que desarrollan afuera”.
Becco coincide en el diagnóstico: “Tenemos talento, regulación pionera y productores innovadores. El problema es escalar y transformar ciencia en desarrollo productivo”.
El productor y la adopción
Lejos de resistencias, Chan y Becco consideran que es clave el rol de quien toma las decisiones en el lote. “El productor argentino es innovador. Si algo funciona, lo adopta. La siembra directa nació acá y se exportó al mundo”, afirmó la experta del Conicet.
Becco lo refuerza: “La adopción siempre fue pragmática. Cuando el beneficio es claro, la tecnología entra”.
Sin embargo, la ciencia no sobrevive sin comunidad. “Un científico solo es como un Messi sin equipo”, comparó Chan.
“Necesitamos científicos emprendedores, no sólo papers. Empresas que conviertan conocimiento en soluciones para el agro”, aportó Becco.
La biotecnología ya no es un complemento del sistema agroindustrial. Es una vertical transversal que redefine semillas, insumos, manejo y competitividad.
Argentina tiene con qué jugar ese partido. La pregunta es si logrará hacerlo como protagonista o quedará limitada al rol de adoptante.
Agrovoz – La Voz del Interior – Fernanda Bireni


