El paralelismo es claro. En 2015, la tecnología amenazaba con desintermediar negocios. En 2025, amenaza con desintermediar saberes. Antes era acortar o modificar eslabones en la cadena de negocios; hoy es el software que interpreta normas, redacta informes y aprende solo. En ambos casos, la primera reacción es la misma: resistir, regular, advertir. Defender el territorio conocido.
Pero la resistencia, como aprendimos en el agro, no detiene la ola: apenas la retrasa. La “uberización” no destruyó empresas; las obligó a transformarse. Surgieron nuevos jugadores, plataformas de datos, startups rurales. Los productores aprendieron a convivir con la digitalización sin perder su intuición ni su experiencia. Hoy, la inteligencia artificial está obligando a los profesionales a recorrer el mismo camino: abandonar lo rutinario y redescubrir su valor diferencial.
Sin reemplazo
La IA, por el momento, no reemplaza la capacidad de pensar, pero sí cuestiona la manera en que la usamos. En la contabilidad, en la abogacía, en la consultoría, en la comunicación: la máquina ya no solo ejecuta, sino que interpreta. Y eso nos enfrenta a un dilema más profundo que el tecnológico: ¿qué parte de nuestro trabajo aporta valor? ¿Que parte es rutinaria y repetitiva?
Lo de los contadores, entonces, no es una rebelión: es una señal. Es el primer síntoma visible de un cambio que se expande por todas las actividades basadas en conocimiento. Así como las plataformas modificaron el modo de producir, los algoritmos están transformando el modo de pensar y decidir.
Hay estudios que indican que la IA está transformando “el primer trabajo”, es decir hay menos incorporaciones de gente inexperta que en general entraba en las empresas a hacer tareas repetitivas, nada se dice por el momento de la incorporación de jóvenes profesionales con conocimiento y uso de la IA que reemplace a trabajadores actuales que no la usen y manejen.
La reacción defensiva es comprensible. Cada vez que una tecnología irrumpe, pone en duda la identidad profesional. Pero el verdadero desafío no es resistir la disrupción, sino domesticarla. En el agro, eso significó usar las plataformas para mejorar decisiones productivas. En las profesiones, significará incorporar la IA para ampliar el criterio, la creatividad y la interpretación.
Sin duda la IA disminuirá costos fijos dentro de las empresas, como las plataformas disminuyeron los costos transaccionales.
La Argentina tiene una relación particular con la innovación: la observa con curiosidad, la teme un poco y, finalmente, la adopta con pragmatismo. Así ocurrió con las plataformas del agro. Así ocurrirá con la inteligencia artificial. La diferencia estará en quién logre entender a tiempo que el cambio no viene a reemplazar, sino a redefinir.
En 2015, el debate era cómo convivir con las aplicaciones. En 2025, es cómo convivir con los algoritmos. En ambos casos, el riesgo es el mismo: quedarse quieto mientras el mundo se mueve.
Los autores integran la consultora Zorraquin+Meneses
Campo – La Nación


