El especialista comparó esa intervención con un bisturí: puede servir en determinadas situaciones, pero no reemplaza el tratamiento de fondo. “Eso de ‘me parece que tengo un problema y lo voy a solucionar con paratill’, al año siguiente vas a estar en un problema un poquito peor”, afirmó.
Según explicó, una intervención mecánica solo puede tener sentido si luego el suelo vuelve a ser colonizado por raíces. “No hagamos un paratill en marzo para un maíz en octubre. Eso es una burrada, porque vas a hacer una intervención en un momento que no lo colonizás con raíces. Una compactación masiva, si no es colonizada con un sistema radicular potente en un tiempo donde la demanda ambiental es baja, administrar agua un milímetro por día en otoño e invierno es refácil y es mucho tiempo de colonización de raíces”, señaló.
Y concluyó: “Nosotros no estamos en contra desde Aapresid. Si llegaste a esa instancia, el bisturí te va a ayudar. Pero entender bien cómo llegar al diagnóstico”.
Para Mazzieri, la compactación es la consecuencia de un problema más profundo: el deterioro de la estructura del suelo. Explicó que el suelo está compuesto por un 50% de fase sólida —minerales y materia orgánica— y un 50% de espacios porosos ocupados por agua y aire. Esa red de poros, dijo, “actúa como un sistema circulatorio para el agua, los nutrientes y la actividad biológica”.
Cuando esa estructura se degrada, cambian el tamaño, la continuidad y la orientación de los poros. Disminuye la infiltración, aumenta la resistencia al crecimiento de las raíces y los cultivos encuentran mayores dificultades para acceder al agua y a los nutrientes. “El agua almacenada no es lo mismo que agua disponible”, resumió. Incluso advirtió que un análisis químico puede mostrar niveles adecuados de fósforo y, aun así, que ese nutriente no pueda ser aprovechado por el cultivo debido a la compactación.
Entre las causas mencionó el reemplazo de los pastizales por cultivos anuales, la escasa participación de cultivos otoño-invernales, la pérdida de cobertura, el tránsito desordenado de maquinaria y la caída del contenido de materia orgánica, que en muchos suelos cayó entre un 20 y un 30% respecto de su condición original. Planteó que, de cada tres años, en dos debería participar un cultivo otoño-invernal, y aclaró que incorporar maíz por sí solo no resuelve el problema: “Lejos de solucionarlo, por ahí lo terminamos agravando”.
El impacto productivo, según explicó, es medible. Citó un metaanálisis del especialista Guillermo Peralta que estima que un suelo compactado puede hacer perder entre un 12% y un 50% del rendimiento: entre 12% y 15% en soja, y entre 6% y 8% en maíz.
Mazzieri planteó que el desafío también es empezar a gestionar mejor el agua. Para mostrarlo, contó la experiencia de un establecimiento de 3500 hectáreas del sudeste de Córdoba donde trabajan para aumentar la infiltración del 60 al 80%. “En una zona donde llueven 850 milímetros, infiltrar solo 510 somos muy mediocres. Mejorar un 10% significa sumar 85 milímetros. Con un milímetro hacemos 20 kilos de maíz, nueve de soja o 14 o 15 de trigo. Es mucha plata”, dijo.
El problema, contó, quedó expuesto luego del descenso de las napas tras varios años secos: “Nos puso en evidencia que no éramos muy buenos productores. Éramos muy buenos con una napa influyente. Cuando se terminó, el agua llovía y se movía, pero no entraba”.
Sobre si la rotación agrícola alcanza para recuperar la estructura del suelo o hacen falta pasturas, explicó que avena y triticale muestran mayor capacidad para mejorar la infiltración que centeno o trigo, aunque volvió a insistir: “Si no le ponemos atención al tránsito, vamos a estar en problemas. Yo creo que el modelo agrícola está mostrando luces amarillas o rojas”.
En el mismo panel, Juan Ignacio Mateo contó la experiencia de Garfin Agro, que maneja unas 20.000 hectáreas propias en distintas regiones de Buenos Aires, incorporadas en cuatro pilares: intensificación acompañada de diversificación, ambientación de los lotes, integración con ganadería y sistematización del terreno mediante terrazas y drenajes. “No podés intensificar si no diversificás”, resumió.
Por su parte, Verónica Vázquez, de LDC, presentó un programa de agricultura regenerativa que promueve cultivos de cobertura, integración de ganadería, intensificación de rotaciones, manejo responsable de nutrientes y manejo integrado de plagas. Según indicó, mientras el manejo de nutrientes y de plagas alcanza el 100% de adopción, los cultivos de cobertura todavía representan el 14% de la superficie. Aclaró además que el programa parte de la siembra directa, aunque contempla una remoción puntual cuando exista fundamento agronómico: “Si el planteo lo requiere, puede haber algo de movimiento de suelo, siempre y cuando tenga sentido y apunte a lograr estos objetivos”.
La Nación – Pilar Vazquez


