La entidad explica que históricamente, marzo y abril suelen concentrar las mayores subas de precio de la hacienda gorda, dada la mayor fluidez de demanda que se traslada desde los mostradores. "Sin embargo, en esta campaña el ajuste se anticipó a febrero y en una magnitud que el consumo no logra absorber completamente", advierte.
Desde el mostrador, el diagnóstico es similar. “Durante mucho tiempo la carne estuvo muy cara y eso hizo que mucha gente se volcara al pollo o al cerdo. Hoy, por ejemplo, comer asado o vacío se volvió casi un lujo. Se venden más algunos cortes puntuales, pero no hay una salida generalizada. Hay clientes que siguen comprando sin mirar demasiado el precio, pero también muchos que vienen, preguntan y terminan llevando otras carnes porque la vacuna les resulta cara”, señala Romina Uz, carnicera en los barrios porteños de Belgrano y Saavedra.
Para Ariel Morales Anton, presidente de la Cámara de Matarifes y Abastecedores (CAMyA), la baja reciente en el precio de la hacienda podría trasladarse en parte a los mostradores, aunque no de manera automática ni en igual proporción. “Esto se debe a que dentro de la cadena hay costos —como logística, energía y salarios— que no han disminuido y siguen presionando sobre el precio final. Además, el consumo se mantiene débil, lo que genera cautela en los distintos eslabones al momento de ajustar valores”, explica.
En este contexto, Morales Anton considera que cualquier corrección en el precio al público será parcial y gradual. “Si la tendencia a la baja en la hacienda se consolida, podría empezar a reflejarse con mayor claridad en los precios al consumidor en las próximas semanas”, agrega.
Perkins coincide en que el repunte del consumo no será inmediato. “La comercialización sigue trabada: Doña Rosa no tiene plata para gastar y, además, hay una fuerte competencia de otras carnes como el pollo y el cerdo, con precios muy competitivos. El panorama es poco alentador por ahora; habrá que esperar a que la economía en general se acomode un poco más”, advierte.
Uz, por su parte, suma la mirada cotidiana del negocio: “Para nosotros como comerciantes la situación es complicada. Cuando suben los precios, no lo hace solo la carne: también aumentan el pollo, el cerdo, los alquileres y otros costos. Entonces uno tiene que adaptarse a todo eso, no solo a la demanda. Lo que veo es un consumo más cauteloso y muy condicionado por los precios”.
Clarín – Lucas Villamil


