También recuerda la ausencia de su padre, que recorría largas distancias como contratista. “A mi padre lo eché de menos muchas veces porque viajaba mucho al norte de la provincia a cosechar. Meses sin verlo”, dice.
Tras finalizar el secundario, su vida tomó otro rumbo. “La idea era estudiar, pero quedé embarazada de mi hijo mayor, de Jonathan, que es el encargado hoy de la cosecha”, cuenta. A partir de entonces comenzó a construir su camino entre la familia y el trabajo.
Con el tiempo logró continuar su formación. “Seguí trabajando, estudié y soy profesora de computación e inglés, así que me dediqué un tiempo a la docencia”, explica. Sin embargo, reconoce que su destino estaba marcado por la actividad rural.
El regreso definitivo al campo llegó años después, cuando decidió asumir responsabilidades junto a su hermano. “Cuando mi papá ya estaba grande decidimos con mi hermano quedarnos con las maquinarias de mi padre y se las compramos: mi hermano con la parte de cosecha y yo con la parte de siembra”, relata.
Ese proceso se consolidó en 2016, cuando comenzó a involucrarse plenamente en la actividad. Dos años más tarde, dejó su trabajo docente. “En 2018 renuncié a los cargos que tenía como docente y me dediqué a full, 100% a andar arriba del tractor junto con mi marido”, recuerda.
La empresa familiar se fue fortaleciendo con el paso del tiempo y hoy involucra a toda la familia. “Hoy hacemos siembra, disco, rolo, cosecha. La parte de cosecha la hace mi hijo Jonathan”, detalla. Su hija Nicole también participa del proyecto mientras avanza en su formación universitaria.
“Está a poco de recibirse de ingeniera agrónoma, si Dios quiere. Está estudiando en la facultad de Balcarce”, cuenta con orgullo. Para la contratista, el trabajo rural es una construcción colectiva que se transmite de generación en generación.
La rutina diaria exige organización y esfuerzo constante. “Si estoy en el campo, en la casilla Cristian sale primero en el tractor. Yo me levanto, pienso qué voy a hacer de comer, preparo el mate y me voy al tractor con él”, describe.
Cuando no está trabajando en los lotes, dedica tiempo a acompañar a sus padres. “Ahora que vivo en el pueblo, salgo muy temprano al campo de mis padres para soltar las ovejas, abrir el molino para que cargue el tanque”, explica.
Su compromiso también se extiende a la vida comunitaria. Participa activamente en instituciones locales y en organizaciones vinculadas al ámbito rural. Forma parte de la cooperadora del hospital local, integra el Centro Cultural y Biblioteca José Hernández y el Club Atlético y Social Defensores de su pueblo. En paralelo, forma parte de espacios que buscan visibilizar el rol de las mujeres en el campo en la Red de Mujeres Rurales.
Para Galli, ser mujer rural y ser contratista no son exactamente lo mismo, aunque ambas identidades se entrelazan. “Ser una mujer rural es todo: es apasionarte, cuidar el suelo, tener animales, proyectar a futuro. Y contratista es salir en tractor como andar en bicicleta en el campo”, reflexiona.
Esa relación con las máquinas comenzó desde muy chica. “Desde muy pequeña, en el Deutz 55 de mi padre, llevaba el sinfín, ya con mi papá contratista rural. Lo tengo incorporadísimo, lo llevo en la sangre”, asegura.
En Expoagro participó de la Cumbre de Contratistas, donde planteó la necesidad de mayor integración del sector. “Todos sabemos que somos un eslabón fundamental, pero nos estaba faltando la unidad, el saber que existimos”, sostiene.
El acceso al financiamiento es uno de los principales desafíos que enfrenta la actividad. “Lo digo con orgullo para que nos tengan en cuenta a la hora de dar créditos, porque cuando sos contratista sin campo, acceder es mucho más difícil”, advierte.
Aun así, destaca la capacidad de trabajo del sector. “La fábrica nuestra es a cielo abierto y depende del de arriba si trabajamos o no. Pero si me dejás hago 900, 1000, 1500 hectáreas, no tengo problema”, afirma.
Antes de finalizar, deja un mensaje dirigido a quienes se cruzan con maquinaria agrícola en las rutas. “Cuando la gente vea un contratista en la ruta que no se enoje con nosotros, que nos cuide, que nos cuesta mucho transitar en las rutas, porque las maquinarias son cada vez más anchas y las rutas son las mismas de hace 70 años. Que nos tengan un poquito de paciencia, que nosotros no vamos a la oficina en la ciudad, nuestra oficina es el campo”, concluye.
La Nación – Mariana Reinke


