A esto se suma un desbalance creciente entre extracción y reposición de nutrientes, registrado en distintas regiones del país, que afecta no solo a los macronutrientes más difundidos, sino también a elementos de baja inclusión como calcio, magnesio y potasio.
En un escenario de mayor tecnificación ganadera apalancada por los precios, la discusión vuelve a centrarse en el rol de cada nutriente. El nitrógeno sigue siendo el motor del crecimiento en gramíneas, clave para acelerar el rebrote y sostener niveles altos de proteína.
El fósforo, en cambio, aparece como el principal limitante en buena parte de la Región Pampeana. Sin niveles adecuados, las leguminosas pierden competitividad y con ellas se diluye la principal fuente biológica de nitrógeno del sistema.
“Aunque suene complejo, el fósforo mejora la performance de las leguminosas que fijan el nitrógeno del aire y se transforman en la base proteica de la dieta”, resume Ciarlo.
El azufre, muchas veces relegado, completa el cuadro: sin él, las respuestas al nitrógeno se achican y el valor nutritivo del pasto cae incluso cuando el resto de los nutrientes está en niveles aceptables.
El desafío se vuelve aún más evidente en los pastizales naturales, que siguen siendo la columna vertebral de la ganadería en vastas zonas del país. Más del 90% de esos ambientes no recibe ningún tipo de fertilización, pese a que pequeñas intervenciones estratégicas podrían mejorar de manera notable su productividad y estabilidad, según la entidad.
Fertilizar argumentó que, en un contexto de precios firmes y márgenes más favorables, la oportunidad de capturar ese potencial empieza a ser demasiado grande como para seguir ignorándola.
Bichos de Campo


