“Hoy la biotecnología permite anticipar comportamientos de la fruta desde su composición molecular, pero, aun así, para que una variedad llegue efectivamente al mercado, hacen falta varios años más”, expresó el referente del INTA.
Ese tiempo extra no depende solo de la genética, sino de la adopción productiva: sin productores que implanten los materiales, la innovación no sale del campo experimental.
El paso clave: que el productor se anime
La inserción comercial comenzó a tomar forma en 2021, a partir de un convenio de cooperación con la Cámara de Productores y la Cámara de Productores y Empacadores de la zona norte de Buenos Aires.
A partir de ese acuerdo, se invitó a los productores a probar los nuevos materiales en condiciones reales de producción.
“Cuatro empresas instalaron cinco plantas de cada uno de los 30 cultivares para evaluar su comportamiento, y otras dos optaron por una modalidad que permitía implantar montes a escala comercial”, detalló Gabriel Valentini, investigador del INTA San Pedro.
Hoy, el 80% de las variedades de duraznero cultivadas en el noreste bonaerense corresponden a materiales introducidos, evaluados o registrados por el INTA San Pedro. Sin embargo, el objetivo actual es renovar ese abanico, incorporando cultivares que sintetizan décadas de aprendizajes en la región.
Del monte nuevo a la primera cosecha
El productor que hoy está llevando Tehuelche, Chamamé y Rosalinda al mercado no es uno de los más grandes del sector.
Se trata de alguien que debía renovar su monte frutal y decidió apostar por variedades nuevas, priorizando atributos clave para el negocio: fechas de cosecha estratégicas, buen comportamiento de planta y, sobre todo, fruta de mayor color y tamaño.
“Para que una nueva variedad llegue al mercado lleva tiempo”, explicaron desde el equipo técnico. “Primero el productor debe elegirla; después hay que producir las plantas, que no existen en stock y se generan según la superficie a implantar; y una vez en el campo, hay que esperar entre dos y tres años para obtener la primera cosecha”.
Ese recorrido, silencioso pero decisivo, es el que hoy permite que los consumidores empiecen a encontrarse con duraznos distintos, desarrollados localmente y pensados desde el inicio para responder a las demandas del mercado y de la producción. Un camino largo, donde la innovación genética solo se concreta cuando alguien se anima a plantar.
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