“Me sorprendí del clima, del suelo, del agua. El agua del Río Negro es espectacular, de muy buena calidad. Y las condiciones agroclimáticas de la zona ayudan a darle mucha calidad al aceite”, indicó.
Sobre los principales cambios entre las zonas productivas más tradicionales y esta nueva, afirmó que se ve mayor tecnificación, desde la siembra y la cosecha hasta la industrialización, que le permitieron a la actividad adquirir mayor ritmo y volumen.
Además, la definió como un punto estratégico clave: “Está a mil metros del mar. La influencia de las mareas, la amplitud térmica muy estable, hacen que la planta pase por un proceso de adaptación en la entrada y salida del invierno. Todos esos efectos, que en otros lugares los vemos como agresivos, ahí tienen paz”.
A esto sumo la “bendición” de la capacidad de riego que ofrece el lugar, que se realiza principalmente por desnivel.
“Está armado para poder sostener una cantidad de materia orgánica y acompañar todo el desarrollo del cultivo”, indicó.
-Lo imaginás al olivo corriéndose de las zonas tradicionales.
-Es una realidad. En las provincias tradicionales, el cambio climático degradó los volúmenes de agua. Hoy en la extracción de agua en las zonas del oeste de la Argentina, como Mendoza, La Rioja, San Juan, hay que perforar 250 a 300 metros, y el costo es altísimo. Acá tener un riego alternativo, con una tasa baja de reposición porque la pluviometría ayuda y colabora, es un montón.
Bichos de Campo – Sofía Selasco


