¿Por qué hacemos todo ese esfuerzo de articulación institucional? Porque miramos el exitoso ejemplo de crecimiento y desarrollo de Brasil, que en lo que va de este siglo se ha consolidado como una potencia agroindustrial. No lo consiguió sólo por su capacidad productiva, sino porque entendió algo fundamental: que el crecimiento no depende de esfuerzos aislados, sino de la coordinación público-privada con un rumbo claro.
El ejemplo más contundente del trabajo que hizo el agro brasileño es el Instituto Pensar Agropecuaria (IPA), que convoca a todo el sector para discutir internamente, consensuar y definir un plan estratégico para su país. De allí sale hacia los políticos un solo mensaje unificado, que luego se transforma en leyes, medidas y acciones coherentes con un horizonte común. El resultado que han tenido es notable: año tras año crecen en producción, incremento del valor agregado, infraestructura, uso de biotecnología, conectividad, puertos y competitividad.
Caso inverso
A la inversa, en la Argentina hay una tendencia a la fragmentación, que es uno de nuestros mayores déficits. Las diferencias de enfoque y de lógicas institucionales hacen que cada sector impulse su propia agenda, legítima, pero sin una visión común. Así, a la política le llegan mensajes confusos, contradictorios y muchas veces intrascendentes.
El resultado es que se acumulan medidas inconexas, no se impulsan políticas coordinadas para la agroindustria en el marco de una estrategia de desarrollo de país. Y, aún peor, se suele ver al sector meramente como una caja para recaudar. Hace poco, un ejecutivo de una de las principales empresas agroalimentarias argentinas, cuyos productos llegan a todo el mundo, dijo: “Aquí, muchas veces, al generar valor, terminamos perdiéndolo”. Increíblemente, es cierto: los impuestos municipales y provinciales, los sobrecostos logísticos y la falta de previsibilidad hacen que, con frecuencia, transformar los productos primarios no sea sinónimo de mayores ingresos, sino de pérdidas. Algo inaudito en otros países.
Es imperioso dejar de ser individualistas. Necesitamos un plan estratégico nacional para el agro argentino, que marque un rumbo de largo plazo, alinee actores y le dé a los políticos un mensaje claro y único. No se trata de renunciar a la diversidad de miradas, sino de construir unidad en los objetivos.
El gobierno actual, que se ha visto fortalecido por el resultado de las elecciones legislativas del domingo pasado, pretende hacer reformas estructurales. ¿Cuál es el plan que la agroindustria le propone al Gobierno? Estamos frente a una oportunidad histórica para que el agro deje de ser un actor que reacciona y se convierta en un actor que propone. Pero para lograrlo, es preciso ordenar la casa, unirse y salir a hablar con un consensuado y potente proyecto.
Ejemplo vecino
Brasil muestra que la articulación entre producción y política fortalece e impulsa al sector. En la Argentina también podemos hacerlo, si somos capaces de construir acuerdos que trasciendan personas y coyunturas.
No hay tiempo que perder, cada vez nos va a costar más competir. Los países vecinos siguen creciendo, tienen cada vez más energía, más servicios, más conectividad, más infraestructura logística, más uso de biotecnología, en definitiva, son cada vez son más competitivos. Es tiempo de ir para adelante y dejar de verla pasar. El maíz tardío nos invita a ello.
El futuro no llega solo, se construye, y solo podrá ser promisorio si el agro argentino fija un rumbo común, un plan estratégico basado en el diálogo, la coherencia y la generosidad institucional.
El autor es presidente de la Asociación Maíz y Sorgo Argentino (Maizar)
La Nación


