El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) proyecta una producción mundial de soja de 426 millones de toneladas, nuevo récord histórico, con Brasil en un nivel de 175 millones y Estados Unidos en 118 millones. En ese marco de sobreoferta, los precios internacionales cayeron 13% respecto de 2024, reduciendo aún más la rentabilidad local.
En la Argentina, donde los impuestos y costos logísticos son elevados, esta baja de precios actúa como un doble golpe. La soja enfrenta una combinación de factores negativos: baja de precios, carga fiscal alta y menor competitividad frente a otros cultivos, advirtieron los especialistas.
A esto se suman condiciones agroclimáticas complejas. En la actualidad hay 4,3 millones de hectáreas que presentan algún grado de anegamiento, lo que complica la siembra de soja de primera y retrasa la planificación de rotaciones.
Para Rodolfo Rossi, presidente de la Asociación Argentina de la Cadena de la Soja (Acsoja), la comparación con Brasil es inevitable. “El crecimiento de Brasil ha sido una respuesta directa a la demanda internacional, sobre todo de China, y hoy es el principal productor y exportador mundial”, explicó a LA NACION.
Según Rossi, la expansión brasileña se apoya en políticas públicas estables, financiamiento accesible y una adopción intensiva de tecnología. “Brasil ha tenido una política de Estado que acompañó a los productores, fomentó la incorporación de tierras y la aplicación de tecnología incluso en suelos de menor calidad. Eso explica su éxito”, afirmó.
En cambio, dijo, “la Argentina arrastra una presión impositiva excesiva que, en el caso de la soja, que ha sido discriminada por los DEX, ha frenado la adopción de tecnología”. En su visión, los productores locales reducen costos y bajan la aplicación tecnológica para poder sobrevivir dentro de márgenes cada vez más ajustados. “El productor, al analizar sus márgenes brutos y los distintos potenciales de rendimiento por región, termina ajustando costos y reduciendo la aplicación de tecnología para poder mantener a la soja dentro del esquema productivo o de rotación”, explicó.
Rossi también remarcó que el país vecino logró “una ganancia genética constante del 1% anual durante los últimos 15 años, gracias al trabajo conjunto entre el sector público y privado, mientras que en la Argentina esa mejora se ha ralentizado”.
“En la Argentina todavía se utilizan, en promedio, variedades con varios años desde su lanzamiento y no se accede a muchas de las tecnologías disponibles en otros países, debido a cuestiones vinculadas con la propiedad intelectual y a una menor inversión en investigación. Esto ha reducido en los últimos años la ganancia genética respecto de Brasil”, agregó.
Por su parte, Gustavo Oliverio, director de la Fundación Producir Conservando, coincidió en que el diferencial tecnológico y fiscal explica buena parte de la brecha. “Brasil sigue creciendo en soja, que es su cultivo más rentable, porque tiene superficie para incorporar, paga el 85% de su propiedad intelectual y accede a las mejores tecnologías, lo que le permite rendimientos de 3,3 toneladas por hectárea, frente a las 2,7 toneladas promedio en la Argentina”, apuntó.
Oliverio destacó que, mientras Brasil alcanzó 170 millones de toneladas de soja, la Argentina sigue estancada en hectáreas sembradas. “La presión fiscal es determinante: los DEX y los impuestos distorsivos como Ingresos Brutos, pesan demasiado en la rentabilidad del productor argentino”, subrayó.
El especialista agregó que la mejora de rendimientos en maíz y su mayor competitividad frente a la soja acentuaron el cambio de tendencia. “La superficie de soja cayó mientras el maíz ganó espacio, y este año el exceso de agua también condicionará la siembra”, advirtió.
Para revertir esta situación, Oliverio planteó un escenario de previsibilidad: “Necesitamos un país confiable, con reglas de juego estables. Si se eliminan los impuestos distorsivos, la soja volverá sola al sistema de rotación. Sería una historia distinta”, aseguró.
En la misma línea, Gustavo López, consultor de Agritrend, recordó que la pérdida de superficie de soja “es un proceso de largo recorrido”. “Había llegado a su esplendor a mediados de la década pasada, con casi 20 millones de hectáreas, pero desde entonces no paró de caer”, indicó.
López repasó que “las retenciones diferenciales entre la soja y los cereales generaron un cambio estructural”.
“Cuando los cereales quedaron con una presión fiscal mucho menor, el productor se volcó hacia maíz y trigo, que además ofrecen rendimientos más altos”, explicó.
En su análisis, incluso la reciente reducción de retenciones no alcanza para revertir la tendencia. “Aunque la soja bajó al 26%, los cereales tributan 9,5%. El spread impositivo sigue siendo de más de 15 puntos, lo que mantiene la desventaja”, puntualizó.
“Ahora, hay que ver qué actitud toma el productor, con un valor de un maíz futuro a US$170 y una soja futura en US$320; con lo cual da una relación casi 1.8. La soja tiene mayor rentabilidad, vía precio, pero menos rendimiento”, agregó.
Así, con márgenes ajustados, presión fiscal alta y precios internacionales en baja, la Argentina encara una nueva campaña de soja con menor superficie y una competencia creciente de otros cultivos.
“El aspecto impositivo es determinante. Una estructura fiscal más equilibrada daría al productor la libertad de decidir qué cultivo sembrar y cómo integrarlo dentro de su esquema productivo. De esa manera, la Argentina podría no solo recuperar dinamismo en la soja, sino también romper el estancamiento de los últimos años y crecer en el resto de los sectores agrícolas, impulsando el valor agregado, la producción y las exportaciones”, cerró Rossi.
La Nación – Mariana Reinke


