Aunque las cualidades productivas de la tierra argentina son reconocidas a nivel mundial, los rendimientos por hectárea de los cultivos en el país son inferiores a los de otras latitudes, incluso con capacidades inferiores o limitadas. Una de las razones, aseguran en el sector, es la poca incorporación de tecnología y el bajo uso de variedades genéticas desarrolladas por los grandes semilleros que permiten mejorar los rindes de la industria agropecuaria.
"Necesitamos regulaciones ágiles y en el menor tiempo posible. En este aspecto, la Argentina es un 10. En los últimos dos años se lograron avances de desregulación en biotecnologías en tiempo récord, basados en ciencia y admirados a nivel mundial", sostuvo Lariguet.
No obstante, resaltó que "tener previsibilidad en el largo plazo va a atraer las inversiones necesarias para que no se vaya el 70% del maíz por el puerto, sino que podamos agregar valor a los granos, o, incluso, empezar a pensar en la posibilidad de ser productores de bioetanol. De una vez por todas, tenemos que subirnos al tren de la innovación, pero para eso hace falta previsibilidad e inversión", dijo.
Corteva es, por excelencia, una empresa de innovación de biotecnología agrícola. Se especializa en semillas, protección de cultivos y soluciones digitales para el agro. El objetivo es desarrollar productos más resistentes para mejorar los rindes de los cultivos y volverlos más rentables.
Este jueves, el directorio global de la compañía anunció que, a partir de 2026, separará sus negocios de semillas y agroquímicos y pasarán a operar -y cotizar- como compañías independientes. Según el comunicado que difundió la empresa, la decisión apunta a "agudizar el enfoque" de cada unidad, incrementar la rentabilidad y generar más valor para los accionistas.
"La Argentina no tiene un problema de acceso a la innovación, sino que tiene un gran desafío de financiamiento y acceso al capital de trabajo para hacer que esa innovación sea usada de manera rentable", explicó el ejecutivo, a la vez que señaló que, a inicios de 2000, Brasil rendía cerca de 500 kilos menos que la Argentina en el cultivo de soja. Hoy, el país vecino tiene mejores resultados que los productores locales, que están "estancados en 3 toneladas por hectárea".
Respecto a las condiciones necesarias para que el sector, finalmente, despliegue todo su potencial, Lariguet destacó no solo la previsibilidad en términos macroeconómicos, indispensables para tomar decisiones de inversión, sino que destacó: "Es necesario expandir cualquier metodología que permita que el productor tenga menor presión tributaria y que esta se transforme en inversión para acortar las brechas de rendimiento. Esto tiene que estar acompañado por posibilidades de financiamiento por parte de las instituciones bancarias y financieras".
Uno de los principales problemas que frenan la inclusión de semillas mejoradas biológicamente en el país, es la ya muy antigua Ley de Semillas. Si bien las grandes compañías desarrollan constantemente nuevas variedades genéticas, tanto para soja, como para trigo, la regulación local deja el pago de derechos -o cánones- a voluntad del productor. Actualmente, el mercado de propiedad intelectual en la Argentina ronda el 42 por ciento.
Esto, como consecuencia, lleva al sector a un atraso genético y tecnológico, y, consecuentemente, con menores rendimientos, ya que las semilleras destinan sus productos a otros mercados donde sí reciben el reconocimiento de propiedad. En Brasil, por ejemplo, alrededor del 80% de los productores paga los derechos de uso a las grandes empresas.
El Cronista – Lola Loustalot


