Ayub agregó que, si bien el uso de bacterias fijadoras de nitrógeno (rizobios) no editadas ha significado una gran contribución a la agricultura, hace más de dos décadas que no se logran encontrar nuevas cepas naturales que superen a sus predecesoras: “La cepa E109, utilizada para biofertilizar soja, fue aislada a comienzos de los ‘90 y ningún grupo de investigación logró encontrar una que la supere. Entonces, evidentemente, en algunos cultivos llegamos a un techo en el mejoramiento tradicional de los biofertilizantes, y debemos aplicar nuevas estrategias, si queremos seguir mejorando su impacto”.
El uso de los biofertilizantes desarrollados garantiza un mayor aporte de nitrógeno al suelo y eso permite reducir el costo de la fertilización en las rotaciones con cereales. Según explicó Ayub, el uso de CRISPR/Cas9 como técnica de ingeniería genética podría acortar los costos y los tiempos para que la nueva tecnología impacte en el sector agrícola, ya que no se introduce en el biofertilizante a optimizar ningún elemento de ADN de otro organismo, como sucede con los transgénicos.
“Con la tecnología de transgénicos, lo que se hace es introducir en un organismo genes de otro distinto, que le ofrecen una nueva capacidad. Con CRISPR/Cas9, lo que hacemos son sustituciones nucleotídicas puntuales, análogas a cambiar una letra de un libro, potenciando la capacidad que ya tenían los genes nativos del biofertilizante”, señaló Ayub.
De hecho, al estar libres de ADN de otros organismos, las bacterias editadas no serían consideradas como un organismo genéticamente modificado (GMO) para las legislaciones de distintos países productores de alimentos, como Brasil, Estados Unidos, China, India, Indonesia, Bangladesh y Australia: eso permitiría que un tiempo relativamente breve puedan ser comercializadas y aplicadas por los productores agrícolas.
Los investigadores consideran que, en aproximadamente un año, la primera generación de biofertilizantes editados para soja y alfalfa pueda estar “en góndola”, porque se registran como cualquier biofertilizante tradicional (no-OGM).
Asimismo, se encuentran trabajando en una segunda generación de biofertilizantes editados, para reemplazar al nitrógeno sintético en cereales (trigo, maíz y arroz), así como en probióticos editados, para minimizar las emisiones de metano en ganado.
La plataforma internacional para la mejora de biofertilizantes, bioinsecticidas y biofungicidas que dirige Ayub –y en la que participan institutos de investigación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España y Uruguay–, es financiada por Fontagro, un mecanismo de cofinanciamiento para el desarrollo de tecnología agropecuaria en América Latina, el Caribe y España.
La Nación – Paz García Pastormerlo


