SUPLEMENTOS RURALES

Con manejo forrajero y ganadería de precisión transformaron la empresa y apuntan a la trazabilidad total

En el encantador paisaje tandilense hay una experiencia de transformación ganadera que está demostrando que con un buen manejo de datos y procesos la actividad puede hacerse de forma sustentable, adaptarse al cambio climático y ser un factor de impacto social positivo en las zonas rurales.

Así lo entiende Cristian Trevolazabala, quien asumió el mando de una empresa familiar cuando falleció su dueño, hace pocos años, y no dudó en avanzar hacia el futuro dandole un lugar estratégico a la hacienda. “Dije: si tenemos las vacas vamos a hacerlo lo mejor posible. Para eso me volqué mucho en los procesos y las certificaciones, tratando de ser lo más eficiente posible. Los números me llevaron a conocer la ganadería pastoril y hoy estoy enamorado”, dice el productor en diálogo con Clarín Rural.

La actividad principal de la empresa es la agricultura, pero en un campo de 250 hectáreas hacen cría con un rodeo de 550 vacas, y en otro de 100 hacen la recría de unos 350 terneros e intentan llevarlos hasta su peso final. “La cabeza de parición sale como novillo pesado con hasta 480 kilos, y para el cuerpo y cola hay compradores que lo terminan a corral”, describe Trevolazabala, y luego enumera los elementos de una ganadería de precisión.

Todos los animales de todas las categorías llevan caravana electrónica y son registrados en cada paso por la manga para la toma de datos. Además, aprovecharon que tenían los campos ambientados para la agricultura y parcelaron la parte ganadera para afinar el manejo. Y en el camino también descubrieron con qué especies les convenía cubrir el suelo.

“Los sistemas pastoriles tienen que ser peremnizados, los verdeos son muy caros para el sistema. Por eso nos metimos en la implantación de pasturas -festuca, falaris, trébol rojo y blanco, elegimos especies distintas para las lomas y los bajos- y hoy tenemos el 70-80 por ciento perennizado”, describe.

En el campo de recría las parcelas tienen entre 5 y 7 hectáreas y las bebidas son móviles para que siempre queden adentro de la parcela, así los animales no se tienen que trasladar tanto. Cada quince días se mide el pasto siempre en el mismo lugar, se cargan las tasas de crecimiento y las estimadas, y se definen las distintas rotaciones. De esa manera estandarizaron los kilos de materia seca con los que deben entrar y salir los terneros de las parcelas.

Al mismo tiempo, para apuntalar la alimentación en momentos críticos, hacen agricultura para la ganadería. “Lo mejor es ser eficientes en el consumo de pasto, que es lo más barato, pero en otoño e invierno a la noche, cuando refresca, se encierra a los animales en las zonas altas, de tosca, y se les da silo de maíz. También hacemos rollos de avena, moha y pastura. Cuando vemos que el stock de pasto es superior al necesario cancelamos la parcela y salimos con las máquinas a hacer reservas, siempre respetando las condiciones para promover el rebrote”, dice el productor.

Claro que en esa búsqueda se va corrigiendo el rumbo y aprendiendo sobre la marcha. Por ejemplo, Trevolazabala comenta que en los últimos años tuvieron que recurrir al consejo de nutricionistas porque tenían problemas curiosos para el contexto de seca que predominaba.

“Los animales pastoreaban verdeos y hacían noche con silo de maíz, y como había seca incrementábamos las horas en silo, pero no había suficiente proteína incluída en la dieta y los animales no ganaban peso. Si no les das una cantidad mínima de proteína, no pueden degradar lo que comen, entonces el animal está lleno pero no suma kilos. Tuvimos que sumar un núcleo proteico, fue un volantazo que nos hizo aprender”, detalla.

Más allá de algunos problemas como ese, Trevolazabala afirma que pasaron los años de seca sin mayores inconvenientes, aunque sí tuvieron mayores gastos por la necesidad de suplementar.

“La tecnología es el proceso”, sintetiza el productor, y añade: “Con una buena planificación, los animales no pasan hambre, no se enferman, hay buenos índices de preñez y de parición, y todo eso hace al bienestar animal”.

Como parte de ese proceso, la tercera semana de cada mes hacen análisis de bosta para ver la carga de parásitos y así reducir el uso de antiparasitarios y aplicarlos solo cuando hace falta, y además se volcaron a los productos que son más amigables con el ambiente.

La última semana del mes hacen la pesada de todo el rodeo y con las caravanas electrónicas analizan las ganancias de peso por animal y por grupo. Si hace falta hacen tratamientos específicos.

“Son procesos ya instalados”, remarca, y comenta que en el manejo de datos se incorporó la mujer del puestero, lo que da pie para mencionar el costado social del modelo.

“Con una ganadería así podemos lograr el arraigo de la gente en los campos. Para este procedimiento hace falta una persona idónea que sea parte del proceso porque hay que enseñarle. Cuando se sienten parte del proceso, el ambiente laboral cambia un montón. Esto es conocimiento colectivo: el gaucho, el agrónomo, el veterinario… todos aprendemos de todo”, asegura antes de mencionar otros factores vitales para lograr ese arraigo: agua caliente, estufa, internet, cable y una escuela cerca.

Trevolazabala suena entusiasmado y cuenta con orgullo lo que está haciendo su empresa. Pero sabe que con el entusiasmo y el orgullo no alcanza. Por eso, con todas las mediciones de su lado, están certificando su huella de carbono, van por la huella hídrica y tienen en la mira la trazabilidad. “Solo nos falta encontrar el frigorífico que haga el troceado para poder vender la carne con todo este valor agregado”, concluye.

Rural – Clarín – Lucas Villamil