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Sábado, 01 Agosto 2026 14:43

Calor y humedad. Cuando el clima extremo obliga a replantear el manejo ganadero

El fenómeno ocurrió justo hace cuatro meses. Fue el 31 de marzo pasado, en los umbrales del otoño, cuando en diferentes establecimientos del sur de la provincia comenzaron a aparecer animales muertos en corrales, en lotes de pastoreo y cerca de los bebederos.

Lo que inicialmente parecía un hecho aislado terminó revelándose como un fenómeno de alcance mucho mayor.

La explicación técnica apunta a un mismo origen: estrés térmico severo, provocado por una combinación extrema de temperatura y humedad que llevó al ganado más allá de sus límites fisiológicos.

“Cuando empezamos a hablar con veterinarios y productores, vimos que no era un caso aislado. Había ocurrido en distintos puntos del sur de Córdoba y con diferente magnitud”, relató Mario Kenny, ingeniero agrónomo y responsable empresario de la Mesa de Intercambio Ganadera de Crea Región Centro.

Según Kenny, el episodio debería funcionar como una señal de alerta para toda la cadena ganadera. No solo por las pérdidas económicas registradas, sino porque se trata de un fenómeno que podría repetirse con mayor frecuencia y que, además, podría anticiparse para mitigar su impacto.

“Es un hecho intenso y poco frecuente, pero cada vez menos ‘poco frecuente’. Lo más importante es que se puede prevenir y se puede paliar”, sostuvo.

Tres días consecutivos de estrés calórico

La clave para entender lo ocurrido está en el Índice de Temperatura y Humedad (ITH), una herramienta utilizada por el INTA para medir el nivel de estrés térmico al que están expuestos los bovinos, pero que todavía no forma parte de los sistemas de alerta masiva.

A diferencia de la temperatura ambiente, el indicador combina la temperatura y la humedad relativa. Los especialistas consideran que valores superiores a 75 representan una situación de alerta; por encima de 79 indican peligro y, cuando superan los 84, se ingresa en una categoría de emergencia.

Los registros analizados por Crea muestran que durante los días 29, 30 y 31 de marzo se alcanzaron valores compatibles con situaciones de emergencia en distINTAs localidades del sur cordobés.

Pero el problema no fue solamente el pico alcanzado. “Durante esos tres días, se tocó el valor extremo. Se juntaron la intensidad, la duración y la frecuencia”, explicó Kenny.

Ese concepto resulta central para comprender el fenómeno. Los animales no estuvieron sometidos únicamente a un momento puntual de calor extremo. Las condiciones se mantuvieron durante varios días consecutivos, reduciendo la capacidad de recuperación nocturna y generando una acumulación progresiva de carga térmica.

Lo que encontró la medicina veterinaria

Tras ese episodio, La Voz tuvo acceso a uno de los trabajos técnicos más completos, realizado por el médico veterinario Nicolás Pampuro.

El informe analizó casos registrados en un establecimiento de la zona de La Angelina (kilómetro 683 de la Autovía 55, en la provincia de San Luis), donde se produjeron muertes en distINTAs categorías y sistemas productivos.

Las conclusiones fueron contundentes. Según el informe del veterinario, las necropsias determinaron lesiones compatibles con hipertermia aguda o golpe de calor, entre ellas, edema pulmonar severo, hemorragias cardíacas, congestión de órganos internos y edema cerebral.

El trabajo describe, además, signos clínicos previos como jadeo intenso, salivación abundante, dificultad respiratoria, pérdida de coordinación y postración.

Uno de los hallazgos más importantes fue que las muertes ocurrieron simultáneamente en distintos ambientes productivos.

Hubo animales afectados en corrales de engorde, lotes de alfalfa, potreros con sorgo y sectores de recría. La coincidencia temporal con los máximos registros de ITH y las lesiones observadas permitieron confirmar el diagnóstico de estrés térmico severo como causa principal de las muertes, descartando otras posibles causas.

Riesgo climático: variable que empieza a jugar

Kenny señaló que, dentro de uno de los grupos Crea relevados, con alrededor de 10 mil cabezas, se registraron más de 100 muertes. Sin embargo, aseguró que hubo establecimientos con pérdidas significativamente superiores. Desde el Senasa, no se difundieron datos oficiales que permitieran conocer el impacto total del fenómeno.

El referente de Crea remarcó que se trata de un evento que “se puede prevenir porque tenemos herramientas como las del INTA y del Ministerio de Bioagroindustria de Córdoba”, y agregó: “Creo que es un momento muy oportuno porque este tipo de eventos tan intensos está apareciendo con mayor frecuencia y podemos prevenirlo”.

Lo cierto es que la historia no termina en la mortandad ni en la magnitud de las consecuencias provocadas por varios días consecutivos de altas temperaturas y elevada humedad.

A partir del impacto que generó el fenómeno, se supo que empresas ganaderas de la región detuvieron el avance de proyectos de desarrollo de la actividad –por ejemplo, nuevos feedlots– para concentrarse en la revisión y el análisis de las variables que rodearon lo ocurrido.

Una de esas variables podría ser la altitud sobre el nivel del mar de los terrenos donde se proyecten este tipo de producciones ganaderas, además de la disponibilidad de sombra natural, la circulación del aire, la calidad del agua y las características microclimáticas locales.

Hasta ahora, variables como la disponibilidad de maíz, el acceso a los mercados o la logística concentraban buena parte de los análisis para decidir inversiones ganaderas.

Sin embargo, el evento de marzo incorporó otro factor: el riesgo climático. Productores, asesores y empresarios comenzaron a preguntarse si todas las zonas presentan la misma vulnerabilidad frente a episodios extremos de estrés térmico.

Lo ocurrido en el sur de Córdoba fue una tragedia económica para muchos establecimientos. Pero también puede convertirse en un punto de inflexión.

Lo sucedido constituye un llamado para considerar el ITH como una variable más. La diferencia entre una pérdida masiva de animales y una situación controlada podría depender de algo tan simple como observar a tiempo un índice que ya existe y actuar antes de que el calor haga irreversible el daño.

El tema ya forma parte de las conversaciones previas a nuevas inversiones. Para Kenny, una de las conclusiones más importantes es que el sector dispone de herramientas para anticipar estos eventos.

Sin embargo, admitió: “Tenemos un montón de alarmas y no las usamos”, en referencia a las que provee el INTA a través de mapas predictivos de ITH publicados periódicamente para anticiparse a situaciones como la ocurrida. El desafío parece estar en transformarlas en decisiones concretas de manejo.

Para la ganadería del sur de Córdoba, el episodio del 31 de marzo dejó pérdidas económicas difíciles de cuantificar.

También dejó una pregunta abierta para el sector. Si los eventos extremos comienzan a repetirse con mayor frecuencia, ¿deberán cambiar los criterios con los que se diseñan los sistemas ganaderos intensivos?

“Creo que es un momento muy oportuno para movilizar a las instituciones e investigar el tema”, plantea Kenny.

La respuesta probablemente no surja de una sola campaña ni de un único estudio. Pero sí puede ser el comienzo para poner sobre la mesa una discusión que hasta ahora parecía reservada a los especialistas, y que hoy empieza a influir en decisiones concretas de inversión y desarrollo ganadero.

“Cuando uno ve la foto de lo que pasó, era una catástrofe anunciada”, asegura el referente de Crea, en una frase que resume todo.

Agrovoz – La Voz del Interior – Fernanda Bireni