Respecto al maíz, hay una situación paradójica en EE.UU. y en el mundo que se puede resumir en estos términos: el maíz está dejando de ser un producto agroalimentario y se convierte en la realidad de los hechos en un insumo industrial, porque Estados Unidos ante la pérdida del mercado chino procura compensarla con el aumento de la industria del etanol que ya consume más de 40% de la gigantesca cosecha norteamericana que es la 1era del mundo; y ahora el gobierno de Trump se propone llevar ese porcentaje a 60%, quizás 70%, del total, con una política de desregulación generalizada e incentivos impositivos en gran escala, además de normas federales para generalizar el uso de biocombustibles en todas las actividades en la que está presente el gobierno estadounidense.
El éxito notable del agro brasileño es un fenómeno eminentemente cualitativo, con niveles de productividad excepcionalmente altos, sobre todo en los estados del Centro-Oeste (Mato Grosso, Mato Grosso do Sul).
El papel de juez y balanza de poder de esta puja entre el agro estadounidense y el brasileño es China, convertida en el centro y eje de la demanda mundial agroalimentaria; y en el gran y último pagador de las exportaciones.
La novedad ahora es que la República Popular ha resuelto modificar la naturaleza de su sistema agroalimentario; y ha decidido recortar sus importaciones de alimentos – soja en 1er lugar – que ya cubren más de 1/3 de su demanda.
Para eso ha comenzado a impulsar un programa de reconversión de su estructura productiva, que a su vez implica una modificación de sus características demográficas, a través de un proceso de 3 fases que se desarrolla hasta 2050; y en el que va a haber una revitalización en gran escala de las “carnes de origen vegetal”.
La respuesta a este gran desafío que es la transformación del agro chino es el pleno despliegue del potencial agrícola brasileño. La producción de granos de Brasil se ha duplicado en poco más de 10 años, y tras alcanzar 346 millones de toneladas en 2025, treparía este año a 380 millones de toneladas, o más.
El punto débil del sistema agrícola brasileño es la falta de una industria de fertilizantes, lo que significa que debe importar más de 85% del total.
De ahí la importancia estratégica absolutamente fundamental que adquiere en términos globales el polo agroindustrial y petroquímico de Bahía Blanca, convertida en el centro y eje de la “reindustrialización” de la Argentina y uno de los centros de la industria de fertilizantes en el mundo, vinculando el gas de Vaca Muerta con los granos de Brasil.
El destino de Brasil y la Argentina es la integración cada vez más profunda de sus economías y sus sociedades (cumplir con el objetivo que propuso Federico Pinedo en su histórico plan de 1940).
La respuesta a la vulnerabilidad del agro brasileño, el 1ero del mundo, está en Bahía Blanca, Capital de la Nueva Provincia, República Argentina.
El autor es analista internacional
Rural – Clarín