Lunes, 16 Noviembre 2020 02:26

Tres prácticas que hay que erradicar durante el trabajo con hacienda en la manga

Por Marcos Giménez Zapiola, especialista en Bienestar Animal.

En los trabajos de manga hay tres prácticas que se destacan porque están ampliamente difundidas, le hacen mucho mal al ganado y nos aumentan innecesariamente el esfuerzo. Son ellas, por orden de gravedad: el llenado excesivo de los toriles, la sobrecarga de las mangas y la participación de perros en las tareas.

  1. Cargar el toril muy lleno

Aclaro que durante los primeros 14 de mis 40 años de ganadero dediqué mis mejores esfuerzos a lograr que el toril estuviera bien lleno. Si no lo lograba, si los animales estaban holgados, sentía que no había hecho bien mi trabajo. Una vez colmado el recinto, era cuestión de meterse de a caballo y repartir rebencazos al por mayor, hasta que el último animal se metiera en la manga. No sabía que el vacuno odia el encierro, y que al sentirse atrapado y sin salida, adopta comportamientos ultradefensivos (y en otros casos, agresivos) que traban el movimiento de salida.

Aprendí de Temple Grandin que era mucho mejor llenar los toriles a medias, a lo sumo a 2/3 de su capacidad, porque esa holgura permitía a los animales moverse y buscar la salida, que no es otra que la manga. Y aprendí de Bud Williams que una vez que los vacunos entienden que por la manga van a salir, mi trabajo ya nunca será empujarlos sino atajarlos para que no se atoren.

Otra gran ventaja de darles espacio a los animales es que ya no es imprescindible trabajar dentro del toril ni de a caballo, lo que nos ahorra riesgos y alarga la vida del equino. Se puede presionar a la tropa desde afuera, mejor si se usan banderas largas, pero sin necesidad de entrar en contacto.

  1. Llenar la manga a pleno

También cometí este error durante muchos años, con la idea de que hay que inmovilizar a los animales por el hacinamiento, porque solo así se les podrá aplicar los tratamientos sin problemas.

En general, sucede todo lo contrario. Los animales se enciman de más, algunos son más sumisos y se echan o se caen, otros son más ariscos y tratan de escapar como sea, y complica mucho el trabajo. Hay animales que quedan fuera de nuestro alcance, y además, son pisoteados, y otros a los que debemos atajar, que a veces caen hacia atrás o se dan vuelta, o se escapan del tormento a que los estamos sometiendo. El vacuno debe tener un mínimo de movilidad para aceptar el encierro en la manga, y debemos hacer rápido lo que haya que hacer. Es mucho más fácil trabajar en la manga con un animal de menos que con uno de más.

El vacuno debe aprender que el pasaje por la manga va a ser algo rápido, porque en cuanto el encierro se alarga, algunos individuos (no todos) van a entrar en pánico, y eso no nos sirve para nada. El mismo llenado “al taco” de la manga requiere más intentos y tiempo que el llenado en no más de dos maniobras, aunque sobre algo de espacio.

Las mangas y las plataformas de trabajo vienen cada vez más altas a causa de este afán de sobrecargarlas, porque cada vez cuesta más impedir que los animales traten de saltar afuera. Pero esa es una solución que agrava el problema, y que además exige al operario un esfuerzo desmedido porque debe trabajar agachándose centenares y hasta miles de veces durante la jornada.

También aquí el cambio de hábitos es un beneficio para todos.

  1. La presencia de perros en corrales y manga

​Digo “presencia” porque a veces los perros son activos, es decir, se mueven, corren, ladran y hasta muerden, y otras veces eligen un lugar desde el cual miran y acosan a los vacunos aunque parecen pasivos. No importa cómo están presentes, porque lo mejor es que estén ausentes.

El miedo que el vacuno tiene al canino es muy superior al que le podemos causar los humanos incluso cuando nos ponemos agresivos. La distancia de seguridad que el vacuno necesita respecto de un perro es varias veces mayor que ante nosotros. El vacuno nos soporta, mal o bien, a su lado en la manga. Incluso tolera que lo toquemos y lo pinchemos. No les sucede lo mismo si un perro asoma la cabeza por la manga, ni hablar si los mira fijo, les ladra o les tira mordiscos al aire. Van a reaccionar como niños de escuela si se asoma por la puerta de la clase alguien disfrazado de Drácula. Mejor no hacer cosas así, salvo que nos guste aterrorizar a los demás.

Durante años, no presté atención al hecho de que mis perros son amigos míos, pero mis vacunos los siguen viendo como sus enemigos. Está medido científicamente que la mera presencia de perros, y hasta su olor, alteran el ánimo de los bovinos y afecta su comportamiento normal y su rendimiento productivo, desde la producción de leche hasta el engorde diario, pasando por la tasa de preñez en IATF. De modo que los que nos gustan los perros debemos tomarnos el trabajo de asegurarnos que no sean una presencia molesta para los vacunos, sobre todo cuando están encerrados y no cuentan con espacio para alejarse de la amenaza.

Rosas, que algo sabía de hacienda, decía que los perros no servían para nada, y que ni su rastro quería ver en sus estancias. No creo que sea para tanto, pero la experiencia y el estudio me han enseñado que no tienen función en el trabajo de corrales. Y que es mejor que “ni el rastro” haya de ellos en esos lugares, porque también se ha comprobado que el mero olor de sus deyecciones basta para hacer que los vacunos reculen.

En conclusión, no es bueno empezar con recomendaciones negativas, ni tampoco dar recetas fijas, que siempre se prestan a buscarle excepciones. Pero en el caso de estas tres prácticas disfuncionales, me atrevo a sugerir la conveniencia de abandonarlas de inmediato, porque juntas o por separado sólo nos traen problemas para el buen manejo del ganado en corrales y manga.

Clarín