Martes, 22 Septiembre 2020 02:28

Maíz 2020: ¿Qué esperar en esta campaña?

Por Facundo Ferraguti.

En el cultivo de maíz en secano, el logro del rendimiento objetivo depende del agua acumulada en el suelo y de las precipitaciones durante el ciclo del cultivo. En la campaña actual, las escasas precipitaciones otoño-invernales no han sido suficientes para una recarga satisfactoria del perfil del suelo. En este marco, son muy frecuentes las consultas sobre la conveniencia de atrasar la fecha de siembra o, inclusive, optar por otros cultivos de grano (ejemplo: sorgo granífero o girasol), teniendo en cuenta que las perspectivas de precipitaciones no son las más alentadoras, ya que, según el informe reciente del Servicio Meteorológico Nacional, los modelos indican que en promedio en el trimestre septiembre–octubre–noviembre hay 59% de probabilidad de desarrollo de una fase Niña y 39% de probabilidad de mantener la fase neutral.

Localmente, existen dos “nichos” de fecha de siembra para el cultivo de maíz. El de siembras de primera, que abarcan desde el comienzo de septiembre hasta la segunda década de octubre, y el nicho de tardías, que incluyen el mes de diciembre y la primera década de enero. Las estrategias ante el panorama actual pueden ser: mantener la fecha de siembra de primera o cambiar a fecha tardía. En la opción de mantener la fecha de siembra de primera, algunos productores han optado por sembrar con las precipitaciones de comienzo de septiembre, mientras que otros aguardan a una mayor recarga del perfil para decidir la implantación.

¿Qué podemos esperar de las siembras actuales, las del próximo mes y las de fecha tardía?

En primer lugar, debemos recordar que el período crítico del cultivo de maíz está en torno a la floración femenina. Durante los 15 días previos a la floración, se determina el tamaño potencial de la espiga; en el núcleo del período crítico se produce la polinización de las flores de la espiga y en los 15 días siguientes, durante el cuaje, se determina el número de granos y el peso potencial de los mismos.

En ausencia de limitantes hídricas o nutricionales, las siembras de primera poseen mayor potencial de rendimiento. Los cultivos desarrollan su etapa vegetativa con menor demanda atmosférica, temperaturas moderadas y coordinan la ocurrencia del período crítico con la mayor oferta anual de radiación solar. En lotes donde actualmente el perfil del suelo se encuentra por encima del límite de estrés y/o con influencia de una napa cercana, existen fundamentos para haber decidido una implantación temprana en septiembre. En caso contrario, si durante el crecimiento vegetativo no se producen precipitaciones importantes, el cultivo puede consumir lo almacenado y aumentar las chances que el período crítico experimente una situación de estrés hídrico.

El nicho de siembras de primera se extiende hasta mediados del mes de octubre, por lo que aún existe un plazo de tiempo para ver qué sucederá con las precipitaciones y, de paso, disminuir el riesgo de heladas tardías, que se asocian a los años Niña. La desventaja de siembras de mediados a fines de octubre es que exponen el período crítico a mayor probabilidad de golpes de calor a comienzos de enero y que, a su vez, podrían combinarse con un escenario de restricción hídrica.

Las siembras de fechas tardías tienen, comparativamente, la ventaja de colocar el período crítico en una época con altas probabilidades de precipitaciones y con menores chances de sufrir un golpe de calor durante la definición del número de granos. Como contraparte, existe una pérdida de rendimiento potencial y mayor exposición a plagas y enfermedades. Cabe aclarar que decidir una fecha tardía no necesariamente implica evitar la influencia de un año Niña, ya que existen registros donde esta fase puede prolongarse hasta el final del verano.

Entonces, podemos decir que no existe una única estrategia válida. Sin dudas, dentro de las prácticas de manejo, la elección de la fecha de siembra es una de las más importantes pero no la única. El panorama actual nos indica que lo más probable es que los cultivos de primera experimenten algún grado de restricción hídrica, por lo que las prácticas de manejo deben apuntar a acumular y preservar el agua útil en el perfil del suelo para trasladarlo al período crítico.

Comparativamente a otros cultivos zonales, el maíz tiene menor plasticidad en la producción por planta. Por lo tanto, existe un rango de densidad óptima de plantas en el cual se obtienen altas tasas de crecimiento que aseguran una fijación adecuada de granos, sin generar competencia excesiva entre los individuos del stand. No obstante, si se decide una densidad excesivamente conservadora, el rendimiento por hectárea puede caer porque, a pesar que las plantas individualmente producen más, la capacidad de compensación es reducida.

Este rango de densidad varía entre híbridos y oferta de nitrógeno, por lo cual es pertinente consultar a los equipos técnicos de los semilleros. Existen híbridos con tendencia a la prolificidad, o mayor flexibilidad en el crecimiento de la espiga que los posicionan mejor en escenarios de baja densidad donde mejora la calidad ambiental. La elección de híbridos también está influenciada por la fecha de siembra. Si bien el potencial de rendimiento es el principal atributo, cuando se eligen híbridos para fechas tardías debe tenerse en cuenta que la presión de plagas y enfermedades cobra más relevancia, como así también el green snap, la resistencia al vuelco y quebrado y la velocidad de secado del grano.

A modo de resumen, los pronósticos actuales nos indican la posibilidad tangible de la presencia del fenómeno de la Niña, con temperaturas por encima de lo normal y señales aún no tan claras sobre la probabilidad de que las precipitaciones se encuentren por debajo de lo normal. En general la tendencia de este fenómeno Niña pierde influencia al avanzar el verano, por lo que muchos asesores han decidido diferir la siembra al mes de diciembre. En estas campañas es cuando se evidencia el estado de salud, en forma integral, de los suelos (por ej: sectores compactados y capacidad de infiltración) y es una oportunidad para evaluar qué prácticas de manejo orientadas a conservar el agua en el perfil tienen un mayor impacto en el resultado final.

El autor es ingeniero agrónomo. Coordinador Interino de la Red Nacional de Maíz del INTA, de la Estación Experimental del INTA Oliveros.

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