Viernes, 21 Agosto 2020 02:26

Pacto Verde de la UE: amenazas y oportunidades para productores y productos argentinos

En el deporte, sean de conjunto o uno contra uno, cada equipo o jugador intenta imponer su estrategia de juego para incomodar al rival o llevar el enfrentamiento al sitio que más le conviene. En las relaciones comerciales sucede algo similar: cada uno intenta jugar sus cartas e imponer el ritmo y las condiciones. De este tema se estuvo hablando durante la disertación “Del campo al tenedor: la estrategia de la Unión Europea”, en el segundo día del XXVIII Congreso Aapresid. De la charla participaron el secretario General de la Federación Europea de Fabricantes de Alimentos Compuestos para animales (FEFAC), Alexander Döring; Tomás García Azcárate, consultor agroalimentario, Vicedirector del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España; y Gastón Funes, médico veterinario actual agregado agrícola de la Embajada Argentina en Bruselas.

Desde España, García Azcárate fue quien presentó la visión de la Comisión Europea y el parlamento de la UE respecto del Pacto Verde y todo lo que tiene que ver con las prerrogativas del programa “Farm-to-fork” o de la granja al tenedor (léase, al plato). Esto también incluye lo que tiene que ver con la biodiversidad.

Las metas son reducir el uso de fitosanitarios, bajar un 20% el empleo de fertilizantes y un 50% el uso de pesticidas y antibióticos. Al mismo tiempo que tener un 25% de cultivos ecológicos, un 10% de superficie agraria útil dedicadas a actividades agrarias no productivas y un 30% de superficie con protección medioambiental.

“Estos objetivos son el norte, el camino, luego el parlamento europeo deberá ratificar el cómo”, apuntó García Azcárate, para quien, paradójicamente, por ahora, “está muy verde”, pero “estamos en las puertas de un cambio de paradigma en política agraria, que dejará de ser sólo agraria y será política alimentaria y territorial, lo agrario adquiere otra relevancia al tiempo que otra responsabilidad aún mayor”.

“Esto va a significar un aumento de las exigencias medioambientales para los productores europeos que quieran acceder a las ayudas comunitarias, más exigencias por el mismo dinero, por eso ha sido recibido de una manera prudente por parte de los productores europeos”, contó García Azcárate, que destacó que “habrá productos más sanos pero menos tierras cultivadas y menores rendimientos potenciales, al tiempo que, para los productores, mayores obligaciones medioambientales y sociales, mayores costes y menor competitividad”.

En este camino hacia producciones más sustentables desde lo ambiental y social, LAS dos actividades que pican en punta son la agricultura ecológica, “tengo mis dudas que pueda llegar al 25% para 2030 como se propone” y se habla mucho de la agricultura de conservación, que tiene algunos lineamientos de la siembra directa, “aunque queda pendiente el gran debate de si será con o sin glifosato, un producto que todo hace prever que va a tener una vida legal recortada los próximos años”.

Para García Azcárate, mayores costos obligan a pensar en un reequilibrio de la cadena alimentaria, para mejorar el precio al productor, para que un producto digno tenga un precio digno”.

Pensando en cómo esto impactará no sólo en los agricultores europeos, sino también en los de los países que les proveen alimentos a la Unión Europea (donde Argentina tiene especial interés), el consultor habló de buenas y malas noticias:

“Para terceros países, lo bueno es que el granjero europeo va a perder competitividad por el aumento de costos, Europa, por otro lado, va a competir menos en mercados de exportación africanos y asiáticos, pero entre las malas noticias, está el aumento de obligaciones en trazabilidad e información al consumidor que tendrán que cumplir los productos importados, el ojo puesto sobre los OGMs más que nunca, un consumo de carne en retroceso en varios países europeos y cambios en las negociaciones, en particular poniendo el ojo sobre el respeto por la biodiversidad, el uso de antibióticos y la deforestación”.

Una apostilla sobre la traba a la exportación de limones que recientemente sufrieron embarques argentinos. “Europa evidentemente considera que Argentina no ha sido capaz de gestionar correctamente la plaga”, deslizó.

A su turno, Döring, quien representa a los compradores de la harina de soja argentina para alimentación animal, reconoció que los requerimientos van a ser mayores con esta estrategia de la Unión Europea, pero desde FEFAC tienen una guía de compra responsable de soja (la plataforma Standard Maps) dentro de la cual está la Agricultura Sustentable Certificada (ASC) de Aapresid.

Si bien el impacto del Covid-19 hizo que el sector agrícola en el mundo esté mejor visto como proveedor de alimentos en tiempos de crisis, Döring advirtió que en países como Holanda la presión sobre la industria cárnica es muy grande, porque la gente come cada vez menos carne y eso impacta indirectamente en la soja argentina porque podría haber menos compra de alimento, además, se cuestiona el origen de esa soja”, dijo. Se cuestiona la carne por el trato animal, pero también por lo que comen los animales.

Mirada argentina

“La crisis del Covid-19 ha intensificado los miedos de los consumidores europeos”, disparó el agregado agrícola argentino Gastón Funes a su turno. Este influjo de políticas verdes y todos los cambios que se vienen tienen especial atención de Argentina porque la Unión Europea es uno de los principales jugadores en el comercio mundial, que con más de 500 millones de habitantes participa del 16% del comercio agroalimentario mundial si se suman importaciones y exportaciones. Son consumidores con alto poder adquisitivo, un PBI per cápita 4 veces mayor al de Argentina.

“Es un consumidor altamente exigente en cuestiones de inocuidad y sostenibilidad, principalmente en las generaciones jóvenes”, contó Funes. En 2019 Argentina fue el quinto proveedor de alimentos de la Unión Europea (después de Estados Unidos, Brasil, Ucrania y China) por un valor de 6000 millones de dólares.

“De la granja al plato (Farm to fork) se enmarca en el pacto verde europeo lanzado en diciembre del año pasado busca una economía neutra de emisiones para 2050, ha habido reacciones que han expresado que las metas son bastante irreales o se contraponen con algunos objetivos productivos y van a reducir la competitividad del sector productor europeo”, opinó Funes.

En 2017 el Parlamento europeo decidió renovar por 5 años el permiso para la utilización del glifosato. Por ende, vence a finales de 2022. “El pacto verde y todo este influjo va a ser la base del lobby contra la renovación en el marco de esta estrategia y si no llegara a renovarse esto va a tener un impacto muy fuerte en nuestras exportaciones al mercado comunitario”.

Respecto de la reducción en el uso de fitosanitarios en general, y del glifosato en particular, Funes advirtió que “ya no están pensando sólo en el ambiente, también lo ven como un tema de salud pública”. Al respecto, opinó: “Esto va a alentar el desarrollo y mayor uso de bioplaguicidas, pero está claro que estos productos no son tan eficaces como los pesticidas químicos”.

Funes hizo mención sobre la lista de productos veterinarios que no se van a permitir y sobre la deforestación. “Seguramente habrá nuevos requisitos en el etiquetado para promover productos agrícolas libres de deforestación, dentro de la lista de productos bajo la lupa están la soja, el maíz y la carne bovina”, apuntó.

También advirtió como un escollo que se va a alentar más el consumo local, para evitar la contaminación que representa transportar un producto miles de kilómetros.

“Las cadenas cortas se activaron con el Covid-19 a partir de los problemas que tuvieron las cadenas globales de suministro”, dijo Funes.

“El objetivo de Farm to fork es hacer que el sistema alimentario de la UE sea una norma mundial para la sostenibilidad, ellos quieren exportar sus políticas o enfoques en estos temas”, dijo Funes. Para el agregado agrícola, este pacto verde o Green deal, “implica amenazas y desafíos, pero también oportunidades para un país verde como Argentina”.

Una oportunidad para Argentina, según Funes, es cuando biotecnología. “Con los OGM (Organismos Genéticamente Modificados o transgénicos) demonizados, la edición génica tiene una oportunidad porque la UE va a estudiar los beneficios de esta tecnología”.

“Argentina tiene vasta experiencia en temas de agricultura sostenible, la estrategia debería ser buscar el pragmatismo, con la posibilidad de diferenciarnos de otros países que compiten con nosotros para llegar al mercado europeo”, opinó Funes, quien consideró que aún cuando se sabe que no es fácil influenciar a la UE en sus enfoques o políticas, sí se puede trabajar desde un diálogo formal intercambiando información y trabajando desde adentro, porque tenemos cosas para mostrar como las buenas prácticas agrícolas, con beneficios para el productor y el exportador pero también para el consumidor y el medioambiente”.

Funes cree que Argentina puede también externalizar modelos y enfoques sustentables, para que ellos implementen. La siembra directa es uno de ellos. Habrá que resolver el tema glifosato, pero más “verde” que el sistema de siembra directa, no hay.

Clarín – Juan I. Martínez Dodda