Con esa información, la dosis cambia según el rendimiento que puede alcanzar cada ambiente. “La demanda de nitrógeno del cultivo va a estar íntimamente asociada a ese nivel de rendimiento”, explicó Pagnan. En ese sentido, presentó modelos elaborados a partir de casi diez años de ensayos en el centro y sudoeste de Córdoba. Con la relación actual entre el precio del maíz y el fertilizante, la disponibilidad óptima económica se ubicó en unos 157 kilos de nitrógeno por hectárea para ambientes de seis a nueve toneladas y en alrededor de 200 kilos para aquellos de 12 a 15 toneladas, entre lo que aporta el suelo y el fertilizante aplicado.
Esos valores, aclaró, no pueden trasladarse de manera directa de una zona a otra. “El mensaje es la importancia de tener este tipo de modelos calibrados para cada ambiente o para cada región en que trabajamos”, señaló. Como ejemplo, mostró diferencias entre ambientes de San Luis y de la Cuenca del Salado, donde cambian las condiciones de suelo, lluvias y riesgo de pérdidas de nitrógeno.
Además de la dosis, también importa el momento de aplicación. La absorción aumenta a partir de V6-V7, aunque una parte importante de la demanda puede continuar en etapas posteriores del cultivo. “Hoy, en híbridos modernos, hay hasta reportes de que pueden absorber hasta un 40% de nitrógeno en postfloración”, señaló Pagnan.
Esa característica abre la posibilidad de ajustar parte de la fertilización más adelante, según cómo llegue el cultivo y las condiciones de la campaña. Acosta contó que están evaluando fertilizaciones tardías, para las que tienen en cuenta el pronóstico climático, la expectativa de rendimiento y el precio de los insumos. “El objetivo no es básicamente tirar nitrógeno por tirar nitrógeno, sino que es ser más eficiente. Colocar el nitrógeno en el momento en que el cultivo lo demanda”, afirmó.
Una de las estrategias que están probando consiste en dividir la dosis y reservar una parte para etapas más avanzadas. “Tratamos de poner ahí el 60% del nitrógeno basado en la dosis y expectativa de rinde, y después el otro 40% entra en un estadio de cultivo más avanzado”, explicó Acosta. Para decidir esa segunda aplicación trabajan con herramientas como drones multiespectrales, franjas de suficiencia e imágenes satelitales. Además, mencionó trabajos que mostraron respuestas de entre 600 y 2000 kilos por hectárea con fertilizaciones tardías en ambientes con menor oferta de nitrógeno.
Pagnan también advirtió sobre las pérdidas de nitrógeno por volatilización, lixiviación y desnitrificación. “En la medida que nosotros sincronicemos la oferta de nitrógeno con la demanda del cultivo, vamos a reducir las probabilidades de pérdida”, explicó. Según indicó, por volatilización puede perderse entre un 10% y un 20% del nitrógeno aplicado en maíces tempranos y hasta un 50% en tardíos. Las aplicaciones superficiales de urea, las altas temperaturas y la falta de lluvias aumentan ese riesgo. En condiciones de exceso de agua también pueden darse pérdidas por lixiviación y desnitrificación.
Para la volatilización, una de las alternativas es incorporar el fertilizante al suelo. “Es el único proceso de pérdida que nosotros podemos corregir casi, o llevar casi a cero, a través del manejo”, afirmó Pagnan. Cuando esa práctica no es posible, durante el panel también se habló del uso de inhibidores como una herramienta para mejorar la eficiencia del nitrógeno aplicado.
García, en tanto, planteó que la respuesta al nitrógeno también depende de que el cultivo tenga cubiertas sus necesidades de otros nutrientes. “El nitrógeno es la bala de plata, es el Messi de los nutrientes, especialmente para maíz. Pero necesitamos las bases”, afirmó. En ensayos de largo plazo de la Red CREA Sur de Santa Fe, la respuesta promedio al nitrógeno fue de 2700 kilos por hectárea, mientras que al sumar fósforo y azufre alcanzó los 4500 kilos, con una frecuencia de respuesta del 93%.
Sobre el azufre, García advirtió que observa una reducción en las cantidades utilizadas. “No le aflojemos al azufre”, pidió, y agregó: “Uno ve que cada día son las dosis más bajas”. Según explicó, ante mayores requerimientos de nitrógeno también es necesario revisar el aporte de ese nutriente. Además, se refirió a la importancia de diagnosticar zinc, boro y, según la región, potasio.
La Nación – Pilar Vazquez