Las tormentas también pueden favorecer otras bacteriosis. “Aparecen entre siete y diez días después de tormentas que tengan viento o piedra, o vientos de más de 30 kilómetros por hora”, explicó Plazas. Las heridas que quedan en las plantas generan vías de entrada para las bacterias.
Otra enfermedad que, remarcaron, comenzó a llamar la atención es Curvularia, que durante la última campaña tuvo una distribución amplia. “Tiene que haber venido calladamente, solapadamente, en las últimas campañas y no la hemos alcanzado a ver venir”, sostuvo Plazas. Cuando se dieron condiciones favorables, agregó, “explotó Curvularia”. Aclaró, sin embargo, que todavía resta determinar qué importancia tendrá hacia adelante y la ubicó entre las enfermedades emergentes que deberán mantenerse bajo vigilancia.
Los especialistas también advirtieron sobre la muerte prematura de las plantas y las pudriciones de raíz y tallo. Guerra vinculó parte del problema con las exigencias de los maíces modernos de alto potencial. “Para hacer kilos, el maíz moderno saca de hoja, saca de tallo y saca de donde no tiene”, señaló. También mencionó la compactación del suelo y las dificultades para la exploración de las raíces, problemas que, remarcó, no pueden resolverse simplemente con un fungicida.
La experiencia de Brasil fue presentada como un antecedente para entender qué podría ocurrir en la Argentina. Varias enfermedades que actualmente empiezan a observarse con mayor frecuencia en el país ya provocaron problemas importantes del otro lado de la frontera. “Ustedes están con un problema que nosotros tuvimos diez campañas atrás”, dijo Madalosso.
Uno de los casos que destacó fue Bipolaris, un patógeno que puede permanecer en los rastrojos y cuyo avance se ve favorecido por las lluvias. “Cuanto más empecemos el principio del ciclo con lluvia, más tenemos que empezar temprano con el fungicida”, explicó. Según señaló, las precipitaciones ayudan al patógeno a trasladarse desde el suelo hacia las plantas y pueden acelerar la evolución de la enfermedad.
Para el especialista, uno de los errores es esperar hasta que los síntomas sean claramente visibles para decidir una aplicación. La infección puede haber comenzado varios días antes. “Cuantos más síntomas está mirando, menos el fungicida va a trabajar para ustedes”, afirmó. Por eso, explicó que en Brasil comenzaron a anticipar las aplicaciones para mantener baja la evolución de los patógenos.
El manejo sanitario del maíz brasileño cambió de manera importante. Según Madalosso, actualmente se realizan en promedio 2,7 aplicaciones de fungicidas, mientras que algunos productores bajo riego llegan a 3,5 o casi cuatro. Al comparar ese escenario con el argentino, sostuvo: “Nosotros en la Argentina estamos acá. Y vamos a llegar allá. Hay una diferencia de los híbridos y todo lo demás, pero el camino es el mismo”.
También advirtió por Xanthomonas, una bacteria que comenzó a generar problemas en Brasil en 2018. Como necesita una abertura para ingresar a la planta, las heridas causadas por tormentas, viento o granizo pueden favorecerla. Además, explicó que las lesiones provocadas por Bipolaris pueden convertirse en otra vía de entrada. “La bacteria necesita una puerta que está abierta”, resumió.
Madalosso remarcó que las bacteriosis representan un desafío mayor porque los fungicidas tienen una capacidad limitada para controlarlas y el ambiente puede modificar rápidamente el escenario. “Con el problema de hongo, cualquier muchacho hace alguna cosa, pero bacteria necesita un ingeniero agrónomo con capacidad”, afirmó.
La Nación – Pilar Vazquez