Además, permite incorporar fertilizantes sólidos y líquidos junto con el agua, con precisión y en el momento en que el cultivo los demanda. No busca reemplazar al pivote en todos los casos, sino cubrir lo que el pivote no puede: lotes irregulares, esquinas, montes, parcelas chicas. Y todo ello usando entre la mitad a un tercio del agua que requiere un pivote.
Lo que más me interesó no fue la máquina en sí, sino la lógica detrás. Sauder viene resolviendo, uno por uno, los cuellos de botella de la agricultura moderna: primero la implantación, ahora el agua, un recurso cada vez más escaso y regulado en buena parte del mundo. Y el mismo sistema abre una puerta a un problema que hoy incomoda a tambos y feedlots a nivel mundial: qué hacer con el estiércol. El desarrollo permite fraccionar efluentes líquidos durante el ciclo del cultivo y aplicarlos bajo el canopeo cuando la planta más los necesita, en lugar de concentrar el vaciado de lagunas en pocas ventanas del año.
Nada de esto es magia: la conectividad tiene costo, la presión de trabajo es alta, y el repago en un año que menciona Sauder es un caso puntual de uso intensivo, no un promedio.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la Argentina? Mucho. Venimos de décadas demostrando que, cuando una tecnología tiene sentido productivo, la adoptamos y la llevamos al máximo: así pasó con la siembra directa, con Precision Planting, con la aplicación variable de insumos según ambientes. Vivo hace más de 13 años en Estados Unidos y puedo decir sin exagerar que el nivel del productor argentino no le tiene nada que envidiar al americano: en muchos aspectos lo supera.
Lo que faltaba, muchas veces, era el contexto macro para animarse a invertir capital en mejoras estructurales de largo plazo. Hoy, con un país que empieza a mostrar señales de estabilidad, esas inversiones dejan de ser una locura. Ya se ve en el drenaje con tubos perforados, tecnología con más de 20 millones de hectáreas instaladas en el cinturón maicero americano, que despierta interés real en el país. El riego de precisión, con sistemas como RAIN ya operando en diez unidades en la Argentina y con beneficios fiscales dentro del RIMI, puede ser el próximo capítulo.
La escala de la oportunidad es evidente: mejorar la eficiencia de uso del agua y los nutrientes no es solo un tema ambiental, es una cuestión de márgenes. Menos estrés hídrico en momentos críticos, menos nitrógeno perdido por lixiviación, menos superficie regada de más. En un negocio donde cada punto de eficiencia se traduce en rentabilidad, la Argentina tiene delante una oportunidad enorme de seguir profesionalizando sus sistemas productivos. Si el país sostiene este período de mayor previsibilidad, es probable que el productor argentino vuelva a hacer lo que mejor sabe hacer: tomar la tecnología que tiene sentido y llevarla más lejos que nadie.
El autor reside en Arkansas, Estados Unidos
La Nación