Diversidad que se diseña en el lote
El cambio arrancó hace muchos años y de una forma al principio poco evidente. “Me veo de chico, cuando ni sospechaba ser agrónomo, acompañando a mi padre, agrónomo ya, cuando decidió apostar por la siembra directa y los verdeos pastoreados en un momento en que todavía no se comprendía del todo su alcance y no habían sido rotulados como “cultivos de servicios”, recuerda Juan Cruz.
“Con el tiempo entendí que no se trataba de ocupar un espacio de barbecho entre dos cultivos de renta sino de mantener vivo el suelo, expandir raíces y darle continuidad biológica al sistema. Esa mirada, que en su momento no tenía la validación técnica que tiene hoy, se confirma en cada dato que obtenemos”.
Desde entonces, cada decisión se ordena en función del lote y del momento. No es lo mismo un antecesor maíz que soja, ni un ambiente con buena disponibilidad hídrica que uno más ajustado. En cada caso, el planteo cambia en busca de eficiencia.
Con esa lógica, las especies dejan de ser una lista fija y pasan a cumplir funciones. Gramíneas como avena o centeno cuando el objetivo es cobertura y estructura; leguminosas para aportar nitrógeno; y muchas veces mezclas, para combinar efectos.
Cultivos al servicio de la lechería
Los cultivos de servicios se integran a la oferta forrajera y se articulan con pasturas con alfalfa —clave para la lechería— y con el silaje de maíz, que aporta la base energética.
El manejo termina de definir el resultado. “No hay una receta. Cada año te obliga a ajustar”, dice. En ese ajuste, el pastoreo es central. Los cultivos de servicios se aprovechan principalmente en invierno y, en algunos casos, se destinan a reservas. La clave está en el momento: entrar y salir a tiempo para consumir sin perder cobertura ni capacidad de rebrote, y lograr que los nutrientes vuelvan al sistema.
La terminación es una de las decisiones más sensibles y se define según el cultivo siguiente y el estado hídrico, priorizando siempre el suelo.
En general, las pasturas donde predomina la alfalfa anteceden al maíz, mientras que los esquemas con mayor presencia de gramíneas se vinculan con soja de primera. Pero más que una secuencia fija, hay un criterio que se repite: sostener el sistema en el tiempo. Y en ese proceso, casi sin buscarlo, desaparecen los tiempos muertos.
En este escenario, la ganadería complementa la agricultura: mejora la estructura del suelo, favorece la ciclicidad de nutrientes y deja un rastro productivo que se refleja en el rendimiento y en la resiliencia de los cultivos posteriores.
El día que el agua dejó de ser un problema
Si hubo una duda que acompañó este proceso fue el uso del agua. “Durante mucho tiempo pensamos que el problema era el consumo”, reconoce. “Pero cuando empezamos a medir y ajustar, entendimos que la clave está en cómo se administra”.
La evidencia técnica acompaña esa percepción: los cultivos de servicios mejoran la infiltración aumentan la capacidad de retención y estabilizan los perfiles. “En otras palabras, no es que “gastan” agua, sino que ayudan a que el sistema la use mejor”, asegura, y agrega: “ahí se dio el cambio de mirada: el agua dejó de ser una variable en disputa para pasar a ser parte de una sinergia”.
Errores, ajustes y aprendizajes
“Nos equivocamos muchas veces”, admite Tibaldi. “Hubo cultivos de servicios que consumieron más agua de la que esperábamos, manejos de pastoreo que no funcionaron o terminaciones que complicaron al cultivo siguiente”.
“Con el tiempo entendés que no hay una única variable que mande. Todo juega: el suelo, el clima, los animales y el cultivo que viene”, explica. Ahí es donde el manejo se enfoca en leer el sistema en cada momento: cuánta cobertura queda, qué volumen y calidad de biomasa hay, cómo está el perfil de agua y qué necesita el cultivo siguiente.
Ese equilibrio —entre los servicios al suelo, la producción animal y el rendimiento agrícola— se define campaña a campaña. “Hay años donde priorizás construir suelo y otros donde el foco está en sostener la eficiencia productiva”, resume.
Carbono: el dato que confirma la intuición
En medio de todo este proceso, el carbono apareció. Pero no como objetivo sino como consecuencia. No se ve solo en una medición, sino en cómo responde el lote”, dice Tibaldi. “Se nota en la infiltración, en la humedad, en la uniformidad de los cultivos”.
Las mediciones vinieron a confirmar lo que ya se percibía. “Medir nos permitió ponerles números a los procesos. Sirvió para validar, pero también para ajustar cuando algo se desvía”, agrega.
Desde la Red de Carbono de Aapresid lo confirman: “los cultivos de servicios aportan cobertura, biomasa y biodiversidad, pilares clave para el secuestro de carbono y la regeneración del suelo. Un informe de la Red revela que “dependiendo de la especie, un CS puede producir hasta 7 tn de materia seca por hectárea, una fuente directa de carbono. En esquemas bien manejados, ese aporte puede traducirse en hasta 1 tonelada de carbono por hectárea por año.
“Con los años, empezaron a aparecer señales consistentes: suelos más estructurados, rindes más estables, mejor respuesta en campañas difíciles”, resume.
Una historia sin final cerrado
Si algo queda claro en esta historia es que no hay recetas. El sistema que hoy funciona es el resultado de decisiones tomadas muchas veces sin certezas, de aprendizajes construidos campaña a campaña y de una convicción que fue creciendo con el tiempo: que el suelo no es un soporte, sino la base de todo.
“Seguramente, de lo que hoy estamos seguros, mañana sea la mayor incógnita”, dice Tibaldi. Y tal vez ahí esté la clave. Porque más que llegar a un modelo perfecto, de lo que se trata —como en toda buena historia— es de seguir construyendo. Desde abajo. Y en el tiempo.
Clarín