Las aplicaciones periurbanas
Ya en su rol como presidente comunal se metió con el tema más sensible: las aplicaciones periurbanas de fitosanitarios.
“Me marcó ver cómo relatos muchas veces incorrectos sobre este tema generaban miedo, incluso en mis propios hijos”, recuerda.
Pero estos temores se contraponían con lo que la agrónoma veía en la actividad productiva. La localidad de Cañada Rosquín respira producción. Agricultura, ganadería y tambos conviven con industrias que nacen de esa materia prima: aceiteras, queserías, fábricas de dulce de leche y hasta una cooperativa jabonera recuperada por sus trabajadores.
“La actividad productiva no es sólo economía, sino el cimiento sobre el cual el municipio construye autonomía financiera y cohesión social”, define Racciatti.
El impacto es tangible: empleo, menor dependencia de asistencia estatal, más recursos para salud e infraestructura. Pero también invisible: redes de servicios, logística, conocimiento técnico y también arraigo.
“Cuando la materia prima se transforma acá, el valor se queda en la comunidad, y los productos generados despiertan un orgullo y pertenencia que dan ganas de quedarse”, relata.
Bajo este panorama, Racciatti sabía que el camino no era la prohibición, sino garantizar que las cosas se hagan correctamente. Convocó a los ingenieros agrónomos del pueblo. Escucharon a productores, vecinos, aplicadores. Diseñaron una ordenanza basada en control, trazabilidad y responsabilidad compartida.
Municipio “verde”
Así nació la idea de adoptar el programa “Municipio Verde”: un sistema que no prohíbe producir, pero sí exige hacerlo bien, lo que significa cumplir con recetas agronómicas, maquinaria registrada, monitoreo de aplicaciones en tiempo real, condiciones ambientales controladas, información transparente y disponible para todos.
El programa abarca unas 4.000 hectáreas del periurbano. “Si hubiéramos prohibido producir ahí, el impacto hubiera sido enorme. No solo económico, también social. Pero, además, donde no se produce ni se mantiene, aparecen basurales, plagas, problemas sanitarios. Es mucho más complejo que una discusión binaria”, remarca la agrónoma y presidenta comunal.
En este contexto, después de siete años y múltiples auditorías, lo más valioso no es el sistema en sí, sino lo que generó. “Emociona es ver cómo la comunidad lo hizo propio”. Aplicadores que enseñan a otros. Ingenieros que transmiten la experiencia. Vecinos que comprenden.
“Municipio Verde se convirtió en una verdadera política pública cuyo impacto va más allá de lo ambiental. Fortaleció la confianza. Generó diálogo. Consolidó una visión común”, explica María Eugenia.
Y esa lógica se replicó en otras iniciativas: gestión de residuos con economía circular, cooperativas de trabajo, digitalización del arbolado urbano. Todo con un mismo enfoque: integrar en lugar de fragmentar.
Y suma una dimensión más: la de género. “La mirada de la mujer aporta sensibilidad, capacidad de consenso y una visión más integral. No es mejor ni peor, es necesaria”, remata.
Así, cuando piensa en el futuro, Racciatti no habla de cargos, sino de comunidad: “Me imagino una sociedad capaz de pensar, de corregir, de mejorar en conjunto”, resume.
Porque cuando producción y comunidad dejan de enfrentarse, el desarrollo deja de ser una idea y empieza a ser una realidad.
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