En paralelo, el mercado de fertilizantes enfrenta un doble problema: precio y disponibilidad. “Hoy tenemos dos problemas: acceso a fertilizantes y el valor de los fertilizantes”, sintetizó. En particular, destacó la situación de la urea: “Muchas instalaciones de producción han sido cerradas por daños militares y eso está impactando en el valor que hoy tiene”.
Sobre este punto, marcó una diferencia clave con el petróleo: “La urea no tiene el mismo nivel de stock internacional que el petróleo, por lo tanto, cualquier interrupción en la oferta se siente mucho más rápido en los precios”.
Este combo de mayores costos y posibles faltantes empieza a proyectarse sobre las decisiones productivas. En cultivos de invierno como el trigo —y también en economías como el arroz, cuya campaña comienza en los próximos meses— podría haber un ajuste tecnológico. “Hay analistas que indican una caída no tanto en la superficie, pero sí en el rendimiento, porque al aplicar menos fertilizantes el resultado naturalmente va a ser menor”, explicó.
Para Idígoras, el impacto más probable no sería una fuerte retracción del área, sino una merma en los rindes, en línea con un uso más austero de insumos ante precios elevados e incertidumbre.
En el corto plazo, la cosecha gruesa tampoco escapa a este escenario. “El primer efecto es el costo del transporte”, indicó sobre la soja y el maíz que se están levantando actualmente. Y agregó: “Esto puede generar presión sobre las tarifas y encarecer el movimiento de granos desde el campo a los puertos”.
A la par, el mercado internacional muestra una dinámica errática. “Estamos en un escenario de altísima volatilidad de precios”, afirmó. En ese contexto, señaló que la soja —y en especial su aceite— está más expuesta: “El aceite de soja es rehén de esta transición del conflicto, porque a nivel mundial hay políticas fuertes de biocombustibles que empujan la demanda”.
Sin embargo, no todos los cultivos reaccionan igual. “Maíz, trigo, girasol o sorgo no deberían tener a priori una relación directa con el precio del petróleo”, aclaró, aunque dejó abierta la evolución del escenario: “Hay que ver la extensión del conflicto”.
Incluso, advirtió sobre un riesgo mayor a nivel global: “Puede llegar a haber una recesión económica internacional. Eso implica menor consumo de alimentos y naturalmente puede impactar sobre los precios”.
En ese contexto de costos en alza y precios sin una tendencia clara, el dirigente también reclamó medidas internas para amortiguar el impacto, especialmente en energía. “Necesitamos una nueva ley de biocombustibles que permita ampliar el uso de biodiésel, que hoy podría estar entre 15 y 20% por debajo del gasoil importado”, planteó, como alternativa para aliviar la presión sobre los productores.
De todos modos, dejó una mirada de oportunidad a mediano plazo: “El mundo mira a la Argentina y al Mercosur como proveedores de alimentos y energía. Eso puede ser una oportunidad para consolidar nuestra estructura exportadora”.
Por ahora, sin embargo, la foto es de cautela. Costos en alza, logística tensionada y precios impredecibles configuran un escenario en el que, como resumió Idígoras, “Argentina no puede estar ajena” a un conflicto que ya impacta de lleno en el corazón del negocio agroindustrial.
Bichos de Campo – Nicolás Razzetti