Alberto en persona recibió a un grupo de medios argentinos para mostrar por primera vez el proyecto al que siempre mencionó como “un sueño”, y Bichos de Campo fue de la partida. Por ahora se han construido dos enormes galpones de 2 hectáreas cada uno, que serán las viviendas de las vacas que comenzarán a llegar, en lotes de 120 animales, en los próximos dos meses. Cada galpón de esos tiene capacidad para albergar a 1.500 lecheras de la raza Holando. Adicionalmente hay otro galpón que ocupa la mitad de superficie (una hectárea, equivalente a toda una manzana de una ciudad) que se usará para montar la “maternidad” que abastecerá de nuevas vacas lecheras a este monumental establecimiento.
“De todos los modelos de inversión que hay para los diferentes tambos confinados está es la versión más costosa”, nos explica Duhau, dando cuenta de que el plan maestro -que diseñó él mismo luego de recorrer otros mega establecimientos en Estados Unidos, Canadá y en Chile-, tiene piso de cemento y tendrá camas de arena; cuenta con un sistema de “flushing” para el lavado automático de los excrementos, y un complejo sistema de drenaje hacia una planta de tratamiento de efluentes, que recupera la arena, recicla el agua y convierte los sólidos en un biofertilizante que será utilizado para nutrir los cultivos de los alrededores. Todo de manera automatizada, como para que nadie debe transpirar como en los tambos de antaño. Los circuitos, además, se alimentarán de energía solar.
El grupo Duhau ya tenía una pata importante en esta actividad: “Somos productores lecheros medianos, con cuatro tambos y 2500 vacas en ordeño. Y queremos crecer. Siempre estamos tratando de aumentar la producción, mis hermanos más que nada”, dijo Alberto, que explicó que muchas de esas vacas que hoy forman parte de planteos pastoriles serán incorporadas paulatinamente a este sistema bajo techo, donde el alimento es llevado de manera permanente al animal, y donde ya no hay turnos de ordeño, ni barro, ni lluvia, ni el sol abrazador del verano.
“En galpón una vaca pasa de producir unos 30 litros de leche por día a 40 litros, porque la vaca está mucho más cómoda, se respeta el bienestar animal, y entonces convierte el alimento en leche de menara más eficiente. Es todo ganancia”, explicaba el empresario y navegante, visiblemente apasionado por los avances del proyecto. En la caminata por las inmensas instalaciones, repitió varias veces la misma frase, convencido de las bondades de la intensificación lechera: “Es más rentable, más ecológico, aporta más bienestar animal y más bienestar también a los humanos”. Se estima que cuando esté en funcionamiento pleno, este mega tambo dará empleó a cerca de 50 personas.
Los robots de ordeño, estratégicamente ubicados en el centro de cada pabellón, serán 24 por cada galpón (48 en esta etapa y 96 al finalizar), provistos por la marca holandesa Lely, la inventora de esta tecnología hace más de treinta años. Justamente estos equipos fueron diseñados para aliviar un poco el esclavizante trabajo de los pequeños productores de leche europeos, ya que las vacas deciden de modo autónomo cuando desean ser ordeñadas y no dependen de alguien que haga el trabajo. Lely, que seguramente no imaginó nunca poner casi cien robots en un único establecimiento, tuvo que montar una oficina permanente en Arenaza.
Mediante un sistema de collares, además, los robots extraen un montón de datos sobre la productividad y el estado de salud de cada animal, permitiendo un manejo incluso remoto del establecimiento. Para proyectar este tambo se calculó que cada una de ellas pasará 2,7 veces por día, en promedio, por los ordeñadores automatizados.
Cada uno de estos cuatro galpones tiene 236 metros de largo por 84 metros de ancho. Sin duda son los más grandes de su tipo que se hayan construido en la Argentina. El desarrolló de la obra no lo hizo una gran empresa constructora porteña sino una modesta firma de Pehuajó, Bravo Ingeniería, que ya tenía experiencia en este tipo de emprendimientos para lechería. Los enormes tinglados se montaron sobre un terreno elevado que demandó mover 310 mil metros cúbicos de tierra, el equivalente a 22 mil viajes de camión. Eso garantizó una pendiente de 2% desde el centro de cada uno de los galpones hacia el exterior, para que pueda escurrir más fácil el agua en cada lavado. Ahora resta mover otro tanto de tierra para levantar los dos galpones que faltan.
Una vez que las vacas lecheras comiencen a ingresar a este nuevo mundo, equipado además con aspersores y ventiladores que les garantizan estar más frescas en veranos, entre otras comodidades como una enfermería que brinda cuidados especiales a las que puedan presentar alguna dolencia, no podrán volver a campo abierto, salvo que se interrumpa definitivamente su ciclo productivo.
El grueso del trabajo humano, además del monitoreo permanente de los datos, será a partir de ese momento enfocado en producir allí mismo, dentro del campo de 3.000 hectáreas, la mayor parte del alimento necesario para sostener estas 6.000 vacas, básicamente con el picado de maíz y de trigo u otro cultivo de invierno. Una vez que el ciclo comience, no se detendrá. Y como el mega tambo no tendrá capacidad de frío para almacenar grandes cantidades de leche, habrá un derrotero de camiones día y noche, llevándose el fluido hacia las industrias compradoras. Se estima que cuando esté en su apogeo, solo aquí se producirán hasta 300 mil litros de leche por día.
Justo en Arenaza, el pueblo de 2.000 habitantes que volvió a tener una estación de servicio abierta por el movimiento que comenzó a generar esta enorme inversión, había una gran fábrica de leche que sucesivamente perteneció a Mendizábal, Nestlé, Sancor, ARSA y La Suipachense, pero que cerró hace unos meses, dejando un grave problema de empleo en la zona. Las cosas a veces no son perfectas, los tiempos no coinciden. En todo caso, a partir de este proyecto, el Duhau navegante no descartó que algún día puedan llegar a invertir también en una nueva industria láctea que absorba la gran cantidad de materia prima que tendrá esta zona.
Pero eso será más adelante. Por ahora el empresario mira extasiado los enormes galpones que van poblándose de robots y pronto recibirán a las primeras vacas. Lo disfruta. Nuestra pregunta incómoda apunta a sacarlo justamente de dicha situación, al recordarle que -aunque él haya vivido mucho tiempo afuera- seguimos estando en la Argentina, donde los climas para invertir suelen ser muy inestables. “No es esta una inversión fácil, es cierto. Pero nosotros tratamos de no mirar a la política y seguir avanzando. Obviamente nos gustan más los gobiernos que ayudan a la empresa privada. Pero no dependemos de esto”.
Bichos de Campo – Matías Longoni