-¿Qué se busca aprender con estos ensayos?
-Queremos responder preguntas reales. Por ejemplo, al principio se evaluaban especies que no sabíamos si funcionaban en ciertas regiones. Después se empezó a medir el control de malezas, el manejo del agua, o la comparación entre siembras aéreas y terrestres. Es un sistema de investigación vivo, que cambia año a año según la evolución del conocimiento.
-Cuando aparecieron estos cultivos, el foco estaba en el control de malezas. Hoy, ¿qué función tienen?
-Sí, en un principio se los llamaba cultivos de cobertura, y servían para “tapar” el suelo y controlar malezas. Pero hoy sabemos que pueden brindar muchos más servicios ecosistémicos: fijar nitrógeno, capturar nutrientes, atraer polinizadores, mejorar la infiltración del agua, descompactar suelos, entre otros. De ahí el término “cultivo de servicio”, que engloba también a los abonos verdes, cultivos trampa, o puentes verdes. La clave está en preguntarse qué servicio estoy buscando para ese lote, en ese momento, y con qué ventana de tiempo cuento. No hay recetas únicas.
-Una de las preocupaciones más comunes en torno a estos cultivos es el manejo del agua. ¿Qué aprendieron al respecto?
-Es un tema clave. La idea de que el barbecho largo permite acumular agua está bastante cuestionada. Nuestros datos muestran que durante esos barbechos se pierden entre 300 y 400 mm de agua por evaporación. Entonces, si sé que la voy a perder igual, ¿por qué no usar parte de esa agua en un cultivo que me dé un servicio? Claro, eso hay que diseñarlo con precisión, porque si el cultivo consume de más, afecta al siguiente cultivo de renta. Por eso hay que pensar bien el momento de siembra y terminación del cultivo de servicio.
-¿Qué nivel de adopción están viendo hoy en el sector productivo?
-Es una tecnología que requiere hacer agronomía, no alcanza con seguir un paquete. Por eso cuesta un poco más. Es como salir a correr y comer manzanas en lugar de tomarse una pastilla: más efectivo, pero más difícil. En los primeros años vimos una adopción muy fuerte, como ocurrió con la siembra directa. Llegamos a un millón y medio de hectáreas. Pero la sequía de los últimos tres años golpeó fuerte: bajamos a unas 300 o 400 mil hectáreas. Muchos se asustaron, y con razón. Pero los productores que lograron entenderla y ajustarla no se bajan del tren: le ven muchas ventajas.
-¿Qué mensaje le darías a un productor o asesor que está evaluando incorporar cultivos de servicio?
-Que no lo subestime, pero tampoco le tenga miedo. Que empiece probando, que analice bien su zona, sus ventanas de siembra, el barbecho necesario, y el servicio que quiere obtener. No todo lo primero que se prueba funciona. Es una tecnología que mal diseñada puede dar malos resultados, como cualquier otra. Pero bien hecha, ofrece enormes beneficios. No hace falta un barbecho largo, sí uno bien planificado.
-¿Qué imaginás para los próximos diez años?
-Argentina tiene millones de hectáreas vacías en invierno. Eso deteriora el suelo, genera erosión, emisiones de gases y pérdida de fertilidad. Si queremos seguir produciendo alimentos y cuidar el ambiente, no hay muchas alternativas. Los cultivos de servicio no son la única solución, pero son parte de un enfoque más complejo hacia la sustentabilidad. Es una escalera que hay que ir subiendo, paso a paso. No es magia. Es agronomía bien hecha. Y cuanto antes empecemos, mejor.
Clarín – Lucas Villamil