Desde el sector exportador se insiste en relativizar el impacto de las compras externas. “Otros países importan y exportan carne. Por ejemplo, Uruguay o Estados Unidos. Se importa carne barata; no tengo el detalle, pero es carne para manufactura”, señaló Herrera, y agregó: “Hay que ponerlo en un contexto global de economía, donde las mercaderías van y vienen. No hay que verlo como si Argentina, por ser un país exportador, no pudiera importar carne”.
La decisión del gobierno de mantener un tipo de cambio oficial relativamente fuerte —actualmente en torno a los 1.360 pesos por dólar— ha abaratado los productos importados, en un intento por moderar la inflación. Pero esto también presiona la balanza comercial, justo cuando el Ejecutivo necesita generar dólares para estabilizar la economía y cumplir con el FMI.
“Como Argentina se ha vuelto más cara en dólares, se abrió la puerta para importar carne brasileña a precios competitivos”, explicó Diego Ponti, analista de mercado cárnico del grupo AZ, en un artículo de la agencia Bloomberg. No obstante, aclaró que se trata de “volúmenes muy pequeños, operaciones puntuales de compradores cercanos a la frontera o frigoríficos con plantas en ambos países”.
Herrera coincide con ese diagnóstico y lo amplía: “Si a alguna industria le conviene importar carne barata, que lo haga. No está mal. Nosotros siempre tratamos de exportar y nos gusta que reciban nuestra mercadería. Nos quejamos cuando nos ponen barreras, así que tampoco deberíamos ponerlas nosotros. Por supuesto, tiene que ser con garantías sanitarias, para no poner en riesgo el estatus sanitario argentino. Pero más allá de eso, no hay que quedarse con la idea de que Argentina no puede importar carne. Si a alguien le conviene importar, que lo haga, y a otros nos conviene exportar”.
Mientras tanto, el contexto internacional también plantea desafíos. Algunos analistas afirman que con la reimposición de un arancel del 50% por parte del expresidente Donald Trump a las importaciones de carne brasileña a Estados Unidos, buena parte del excedente podría volcarse hacia China. “Eso llevaría a los importadores chinos a negociar contratos más baratos, lo que podría afectar indirectamente la competitividad de la carne argentina”, advierte Ponti.
En definitiva, aunque las importaciones actuales no representan una amenaza para el negocio ganadero local, el fenómeno es un indicio del profundo cambio de lógica económica que atraviesa el país. Un mercado más abierto, con precios internos altos y tensiones comerciales globales, obliga al sector a adaptarse sin perder de vista sus fortalezas tradicionales.
Clarín