Hay una idea bastante generalizada entre los economistas respecto a la baja “elasticidad precio” de la oferta agrícola. En términos llanos, la idea es que cualquiera sea el nivel de precios, los productores igual siembran. Y que por lo tanto sostener una alta carga impositiva no va a afectar el ingreso de divisas.
La realidad desmiente esta creencia. El ejemplo más concreto es el del experimento Macri. Cuando asumió la presidencia, en diciembre del 2015, había derechos de exportación del nivel de los actuales para soja, maíz y trigo. Redujo 5 puntos los de la soja, y eliminó los del maíz y trigo. Resultado: en dos años se duplicó la producción de estos últimos, mientras la soja se mantuvo estancada.
Milei les mostró a los dirigentes todo lo que había hecho por el sector. Es cierto. El final del desdoblamiento cambiario es una medida largamente reclamada. También la desregulación y liberación de decenas de normas y mecanismos que complican y encarecen la operatoria. Pero frente a la baja rentabilidad que implican los actuales precios internacionales, el peso de los derechos de exportación es decisivo. Sobre todo, para las regiones más alejadas de los puertos, que son a la vez las que tienen mayores costos operativos y menores rindes.
Además de la peregrina idea de que las retenciones no impactan en el volumen de la producción, hay otro prejuicio adyacente: los productores evaden el pago del Impuesto a las Ganancias. Con este mecanismo, el Estado recauda con seguridad. “Te espero en el puerto”. El exportador, para obtener el permiso de embarque que libera la carga, tiene que pasar por la caja de la Aduana.
Otro argumento frecuente es que merced a los derechos de exportación, se logra una reducción del precio de alimentos básicos. Sin embargo, la incidencia de un producto básico como el trigo en el precio del pan es mínimo. La Fundación FADA calcula que no es más del 10%; un kilo de cereal vale 200, el kilo de panificable más barato cuesta 2000. Ni hablar de la incidencia del trigo en la medialuna o en la masa de una pizza.
Pero lo que no se puede negar es el monstruoso ingreso fiscal que se genera con los derechos de exportación que paga todo el complejo. Son más de 6 mil millones de dólares, a los que se suman los 2 mil del maíz y mil más del trigo. Para un gobierno donde el equilibrio fiscal es el bien a preservar a toda costa, la clave es cerrar más canillas, o compensar por otro lado.
Debería convencerse de que la reducción /eliminación de las retenciones va a generar una gran siembra, lo que sumado a un mayor uso de tecnología redundaría en un aumento explosivo de la producción.
Clarín – Héctor Huergo