En diálogo con LA NACION, Tenaglia explicó cómo llegó a esos resultados. Lo hizo considerando que, según su análisis, los pueblos de la pampa húmeda suelen tener entre 3000 y 10.000 habitantes y una superficie para siembra de 20.000 hectáreas.
“Esas localidades, en su mayoría, dependen económicamente de lo que se produce en esas tierras. Teniendo en cuenta esto, dividí esa superficie sembrable en 10.000 hectáreas de soja y 10.000 hectáreas de maíz”, comentó y agregó: “Normalmente, un rinde promedio en la zona núcleo es de 3,5 toneladas por hectárea, que son 35 quintales. Este año se espera que los rindes promedio sean de una tonelada por hectárea, que son 10 quintales. Es decir estarían faltando 2,5 toneladas, que equivale a 25 quintales de rinde. Esto, si se multiplica por 10.000 hectáreas, arroja que van a faltar 25.000 toneladas de soja”, expresó.

También estimó el impacto que esta caída tendrá en el transporte. Esas 25.000 toneladas de soja menos, dividido las 32 toneladas que aproximadamente lleva un camión, equivale a que habrá 833 fletes que no se realizarán. “Esto tiene en cuenta solo el flete largo, pero en las cosechas gran parte de la producción se hace con flete corto, es decir desde el campo hacia alguna planta cercana en donde se descarga y luego, desde allí, se traslada a los puertos. Es doble flete, pero en este cálculo se tiene en cuenta uno solo”, señaló.
En tanto, en maíz remarcó que impacta más en el flete porque implica “más volumen”. Indicó que en un año normal el rinde promedio por hectárea es de 8 toneladas, pero en 2023 solo se obtendrán 3. En una localidad en donde se implantan 10.000 hectáreas faltarán 50.000 toneladas de maíz. Esto es 1667 fletes menos y una caída de ingresos de US$11,5 millones.
“En un pueblo como el mío, que tiene aproximadamente 4000 habitantes, van a faltar 2500 viajes de camión. Eso impacta en un montón de cosas, como por ejemplo las gomas de camión que no se cambian, la cuota del acoplado que no se puede pagar, el del lavadero que no lava el camión y así un montón de cosas más”, ejemplificó.
Por otro lado, mencionó el impacto para los productores. Remarcó que el 70% de la producción se hace sobre campos arrendados y el costo de alquilar la propiedad es de aproximadamente 15 quintales de soja. Si a ello, sostuvo, se le suma el costo de implantación de la oleaginosa, que son aproximante 15 quintales, el costo total para producir un campo es de 30 quintales por hectárea.
Teniendo en cuenta esto y los datos antes mencionados, según Tenaglia “la ganancia en un año relativamente normal para un productor es de 5 quintales por hectárea” que, según detalló, “equivalen a $50.000″.
“Si el productor va a sacar 10 quintales, le van a faltar 25. Es decir $250.000 que son la ganancia por hectárea de cinco campañas”, expresó.
“El capital de trabajo está demasiado agotado por el sistema político. Todos los años nos llevan el 80% de la renta y eso hace que el productor esté sin reservas. Entonces, el impacto se va a sentir también hacia adelante”, lamentó.
“Este año no solo se frenan las inversiones, sino que también se malvende todo. Lamentablemente, muchos van a tener que salir a vender propiedades, los animales, maquinaria, todo a bajo precio porque tampoco va a haber demanda. Todo esto va a impactar en la economía general”, concluyó.
Fuente: Pilar Vazquez. La Nacion.